Entradas populares

sábado, 7 de mayo de 2011

El que nunca volvió

Todas las noches en la casa de Petra se escuchaba un llanto.
—¡Otra vez ya está esa vieja loca cantando y emborrachándose con sus recuerdos!, ¿por qué no se larga de una vez por todas a buscar a ese músico al que tanto le ha llorado?— decía muy enojado y fastidiado don Nicolás porque desde hace casi 10 años tenía que aguantar lo mismo. No importaba si era lunes o martes, incluso si era el día de muertos o la fiesta del pueblo, Petra lloraba con tan solo escuchar alguna canción que aquel hombre le había cantado o tocado con su “Sax”.
Todos en el pueblo sabían que él había progresado y que jamás regresaría, si acaso lo haría sería para visitar a sus padres, pero no para verla a ella.
Petra vivía añorando esos días, incluso decía que no se arrepentía de haberle entregado su alma y pensamiento, que si él le hubiera pedido el corazón mismo en un frasco de formol para tenerlo en la repisa que sostienen los libros de algún biólogo, lo hubiera hecho. Pero no, él se fue y no le pidió ni la mano para despedirse.
Ella le prometió que lo esperaría al regreso de cada gira que hacía con su banda, no importaba si era hasta un año, ella siempre le prometió que al llegar al pueblo ella estaría dispuesta para atenderlo, pero no, él nunca volvió.
Ella se preguntaba una y otra vez qué había sucedido, no concebía como es que se había ido después de haberse amado con tanta intensidad y después de tantas promesas.
Petra sostenía en su mano izquierda la foto que se había tomado con él la última vez que lo vio y una de las rosas que le llevó esa noche, en la derecha la botella de vino y le decía a todo aquél  que se atontara y le prestara 5 minutos de su atención:
—Yo lo conozco desde que era joven, tenía unos 15 años cuando lo escuché por primera vez            —mantenía la mirada al frente como si se trasladara a ese tiempo—. Mi mamá trabajaba en la Casa del Arte y me mandaba a limpiar todas las tardes el salón de música para que cuando llegara el profesor Pessina con sus alumnos estuviera limpio y presentable, yo nunca dije que no, porque era la única oportunidad para poder ver al chico que tocaba el saxofón, él se percataba de mi mirada pero jamás volteó a verme. Una ocasión me sonrió porque se me calló la escoba e hice tremendo ruidero que me sonrojé porque interrumpí la sesión y mi mamá me pegó un gritote que se escuchó hasta el mercado grande. Después él y sus hermanos se fueron, porque ya tenían mejores oportunidades con una banda que conformaron junto con sus amigos a la que llamaron “La Gran Banda”.
Pasaron los años y no volví a  verlo hasta ese día, aquel 21 de abril del 2000, la Gran Banda se presentó en la clausura de la Flor más bella del Ejido. Me fui muy temprano para obtener un lugar al frente y si lo logré, incluso pude subir hasta el escenario y fue así como tuve el primer acercamiento con él. Faltaba una hora para que salieran a tocar y lo vi a lo lejos, me fui acercando y al mismo tiempo mis manos sudaban, mis piernas perdían fuerza, mi boca se secaba y mi corazón golpeaba como los caballos que golpean las trancas de su corral y que no les permite salir y galopar en el baldío. Llegué frente a él, lo miré a los ojos y le pedí que me permitiera retratarme  con él. Aceptó y le hizo señas a uno de sus compañeros para que nos la tomara. Lo abracé y me tomó de la cintura con la mano izquierda. Cuando nos separamos, sustraje una hoja de la bolsa de mi pantalón en la cual le decía que era aquella joven que todas las tardes iba a escucharlo a la Casa de Cultura, le decía lo deseosa que estaba por verlo y el gran amor que sentía desde ese tiempo, y por supuesto mis datos personales.
Él la agarró y la metió al bolso del lado derecho de su saco y me agradeció. —Gracias hermosa, después la leeré, en un momento salimos a escena y tenemos que preparar los instrumentos—. Se despidió y me dio la mano, yo me estiré un poco y le proporcioné un beso entre los labios y la mejilla, pegué demasiado mi cuerpo al grado de sentirlo.  Él sólo sonrió y se puso nervioso, aseguré que le había transmitido mi ansiedad al contacto con mis labios atrevidos y húmedos.
Salieron a escena y se escuchó el piano. Fue un concierto espectacular, aunque en realidad no puse demasiada atención en la música, en las luces y en la voz de Tania Torino. Yo sólo me enfoqué en los movimientos que hacía él y cómo tocaba su sax. Me imaginé lo grandioso que sería volar con él, y con ese movimiento de manos y de los dedos ¡¡¡uuuffff!!!!, ni hablar.
Terminó el concierto de clausura de la Fiesta de la flor, por un momento creí que voltearía a verme pero no fue así. Regresé a casa desilusionada y triste, me recosté, tomé la cámara y me quedé mirando durante varios minutos la foto que me tomé con él. En eso sonó el celular, lo agarré y vi que era un número desconocido, dudé en responder pero finalmente lo hice.
—¡Hola!
—¿Petra?
—Si, ¿quién habla?
—Soy yo, Orozco. 
—¡Hola!, pensé que no llamarías. Que no me recordarías.
—¿Cómo no lo iba a hacer?, aunque no lo creas siempre pienso en ti hermosa, nunca he dejado de hacerlo. ¿Te puedo ver?
—¡Claro!, Tú dime cuándo y a qué hora.
—¿Todavía vives en el pueblo?
—No, ya no, estoy viviendo cerca del centro de Xochimilco, si tienes tiempo te invito un café ahora —Ya no quiso esperar más y prefirió ser directa, no quería de nueva cuenta perder la oportunidad que había dejado hace algunos años.
—¡Por supuesto!, dame tú dirección y en 15 minutos estoy ahí, yo iba para la casa de mis padres.
Petra se levantó de un salto de su sillón, medio limpió la recámara, levantó la ropa que estaba tirada desde hace ya varios días, continuó en la sala, acomodó los libros que tenía en la barra de la cocina. Metió una botella de vino tinto al refrigerador, sacó las cerezas y las puso en un plato al igual que el queso manchego. Buscó el incienso con aroma a sándalo y lo prendió.
Ella intentó arreglarse un poco, se cepilló su cabelló recién cortado a causa de una de sus depresiones, se aplicó perfume y esperó. Pasó media hora, y no llegaba. Ya había iniciado una leve ansiedad, estaba desesperada, se decía y se repetía, por qué creíste que iba a venir a ti, si él seguramente está acostumbrado a tener a las mujeres más hermosas que jamás haya pensado y  tú jamás podrás competir con ellas. Pasaban los minutos y nada.
Se desesperó aún más y se levantó del sillón para poner un disco en el reproductor. Escogió uno que compró en el metro, “Grandes éxitos” por Edgar D.J., y sonó el celular nuevamente. Vio que era él, respiró profundo y dijo:
—¡Hola! —esperaba que la llamada fuera para que finalmente le dijera que no llegaría—.
—Hola hermosa una disculpa pero me retrasé un poco pero ya estoy afuera —Petra sintió un gran consuelo y le respondió:
—Ah!, está bien, en un momento salgo —corrió nuevamente al espejó del baño, se acomodó el cabello y salió a prisa. Efectivamente él estaba ahí, esperando, llevaba unas rosas en la mano. Petra lo invitó a pasar, él tomó su mano, se la llevó a los labios y la besó. Caminaron juntos, hombro a hombro, paso a paso.
Orozco vio en la barra el plato con cerezas y queso manchego, Petra le dijo que se sentara, él no hizo caso y la siguió, la abrazó por detrás, ella sólo sonrió. Sacó la botella de vino tinto, la descorchó y sirvió dos copas. Él dio el primer trago, lo saboreó y la besó intensamente, ella se escapó, tomó una cereza con un trozo de queso, se comió el queso y la cereza roja como sus días más difíciles la dejó en la punta de la lengua, la cual movía lentamente invitándolo a pasar, invitándolo a poseer lo que le pertenecía, lo que ella había decidió obsequiarle y él sin pensarlo lo tomó.
La besó intensamente, ella lo besó intensamente, se besaron intensamente. Retumbaron en el librero, en la pared, en la puerta hasta que pudieron llegar a la cama. Ella le desabotonó la camisa blanca, él sólo la miraba fijamente y respiraba cada vez más rápido, continuó con el pantalón acarició aquél animal a punto de devorar a su presa, lo besó, lo lamió.
Lo amó como a nadie, le hizo el amor como siempre lo había deseado. Lo acarició de la cabeza a los pies. Era tan excitante su aroma a macho que la mojaba, escurría cual llave pública de ranchería. Enfangó los dedos de los pies con los líquidos penetrantes de su sexo para después chuparlos e introducirlos en la vagina. Ella gemía como gata a media noche que se escapa por las azoteas para buscar el placer que sus dueños no le pueden proporcionar.
La levantó, la volvió a besar pero ella insistía en el encuentro con el rebosante acompañante de su amado. Él desistió y se dejó llevar por la sensación que le provocaba y sólo le decía que quería sentirla, quería estar dentro, sentir su calor húmedo. Golpear las paredes rosadas como se estrellan las olas entre los arrecifes, lanzar el líquido espumoso en la almeja babosa con olor a mediterráneo.
Ella levantó la cara, le dijo te amo y se abalanzó montándose en él como el cazador que monta a su dragón para demostrar su fuerza, para hacerlo suyo, se movió una y otra vez, se dejaba llevar por el cosquilleo doloroso que sientes al galopar sin la montadura.
Ella gritó si acaso tres veces “te amo, soy tuya, haz conmigo lo que quieras”. Los vecinos se alteraron porque nunca se habían escuchado esos ruidos en el departamento de la vecina. Él intento callarla con sus dedos provocando que ella los tomara con sus dientes y comenzó a succionarlos fuerte, muy fuerte. El pene se ponía más severo y altanero, hasta déspota se podría decir. Ella sintió como se contorsionaba el cuerpo de su compañero y le pidió que aquel líquido espumoso se lo regalara para beberlo, y así lo hizo. Ella estaba vuelta loca, parecía que había perdido la razón de tanto placer. Al terminar, se dejó caer en la cama y él a un lado de ella. Sus cuerpos bañados en sudor se combinaron creando un nuevo olor, su olor.
Se quedaron mirando fijamente y Petra cerró los ojos, quería dormir. Orozco le cantó:
—Amanecí otra vez entre tus brazos, y desperté llorando de alegría, te cobijé la cara con mis manos… —ella esbozó una leve sonrisa acompañado de un pequeño gemido que le provocó un gran orgasmo y le dijo:
—Después de cada gira aquí te estaré esperando, por favor no lo olvides —Cómo olvidarlo, después de cada viaje vendré a ti—.
Cuando Petra despertó, él ya no estaba, sólo la acompañaba Francisco Cespedes que le cantaba al oído “Tú por qué, la pregunta que siempre le ha dado sentido a la vida, no le encuentro contigo ninguna respuesta escondida, sin un por qué y fuiste mía, yo por qué tal vez soy lluvia que calma tú sed repetida… y me siento más solo que ayer cuando tú no eras nada…”, no entendía que había sucedido. Le llamó al celular y no respondió pero si le mandó un mensaje en el cual le decía que la amaba, y que regresaría a buscarla después de su gira por el sur de América.
—¿De verdad regresarás a buscarme? —le preguntó también por mensaje—.
—¡Por supuesto hermosa!, después de esto no podré vivir sin ti.
Pasaron los años y él nunca volvió. Y a partir de esa noche, Petra llora y recuerda cada momento desde el primer día que lo vio en el salón de música.

1 comentario:

  1. Obra y esencia, alusion e ilusion, triste y cobarde, SERENO, me encanto. Felicidades.

    ResponderEliminar

Tu comentario es muy importante para mi. Ayúdame por favor.