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sábado, 7 de mayo de 2011

SU NUEVA AMIGUITA

I
La primera vez que Maya vio a su amiguita fue cuando iban a operarla para cerrarle un conducto arterial de su corazón de niña, rojo carmín como su color prismacolor, con sueños entre arcoiris y algodones azules azucarados.
            Era lunes, a mediados del mes de junio, cuando el sol calienta hasta los huesos y sobre todo el alma y la esperanza. Antes de salir de casa junto con sus padres, rumbo al hospital Siglo xxi, Mayita decidió ir a despedirse de sus muñecas y Bibi, un puerquito rosado que nombró así cuando apenas tenía un año seis meses de edad. Al llegar a la recámara encontró a la muñeca sentada en la sillita roja, a Bibi, en la azul y a una nueva amiga en la amarilla: los tres comían pastel de chocolate, preparado con el mejor lodo del jardín trasero de la casa, y pingüicas  de la vecina, que semejaban chispas de chocolate rojo.
Mayita se presentó con la nueva amiguita, le dio la bienvenida y a la vez se despidió de todos diciéndoles que se portaran bien, que ella regresaría pronto, que sólo se iba por unos días para que le cocieran su corazoncito que se había roto cuando cayó de la resbaladilla. En ese momento escuchó el grito de su padre: “¡Mayita!, ¡chaparrita!, apúrate que se nos hace tarde”. En ese instante Petra abrió la puerta y vio a su pequeña moviendo su manita derecha despidiéndose de sus muñecos. “Ya voy, mami, sólo vine a despedirme.” Salieron de la recámara, cerraron la puerta y dejaron atrás a los muñecos y a la nueva amiguita.
II
La operación fue un éxito y dos meses después los médicos dieron de alta a Mayita, quien no cabía de felicidad porque iba a regresar a la escuela e iba a ver a sus compañeritos de clase corriendo por todo el salón y, sobre todo, su gozo se debía a la visita inesperada de su nueva amiguita a  quien vio caminar por el pasillo. La miró a través del cristal que dividía el corredor y su cuarto de hospital, el cual habían decorado como si fuera su propia recámara. Cuando la internaron, a los dos días le llevaron la mesa roja con las cuatro sillas de colores, así como a Bibi y su muñeca, pero no a su nueva amiguita. Mayita le preguntó a su mamá por ella; Petra sólo frunció las cejas, torció un poco la boca y le dijo: “¡Ah!, lo que sucede es que no la vi, pero te traje a Bibi y a tu muñeca.” Mayita no quedó conforme y todas las noches al acostarse y rezar el ángel de la guarda, pedía por su nueva amiguita. Pero hoy era diferente, su amiguita había ido justo el día en que la habían dado de alta.
Se levantó de prisa de la cama, la cual tenía un edredón con la imagen de Lola de Plaza Sésamo; se calzó sus pantuflas de perrito (regalo de su tía Diana), con las nariz negra, los ojos a medio cerrar y las orejas cafés largas, largas, las cuales tenía que amarrar porque con ellas tropezaba; se acomodó la pijama de Blanca Nieves, se dirigió a la puerta; la abrió suavemente, cuidando que no rechinara como lloran los ratones que la acompañan de vez en cuando en sus sueños más divertidos; le hizo señas a su amiguita; ella corrió hacia el cuarto cuidando que nadie la viera y entró. Maya le agradeció que hubiera ido precisamente el día en que se iba ir a casa. Le dijo que se sentara en la sillita amarilla, ya que Bibi ocupaba la azul y la muñeca la roja, pues ellos también estaban invitados a tomar té de fresa con frambuesa y una rebanada de pastel de chocolate, pero esta vez sí era de verdad.
Mientras tanto, a través del cristal la cardióloga Ayala y la pediatra Betanzos observaban y comentaban que veían muy recuperada a Mayita, que incluso por primera vez jugaba con sus muñecos. Se alejaron de la ventana y fueron en busca de Carlos y Petra. Les confirmaron la mejoría de su hija, Los padres se abrazaron, brincaron y lloraron por la fortaleza de su hija: “¡Mayita es el mejor regalo de nuestra vida!”, dijeron al unísono.
III
Maya, su amiga, Bibi y su muñeca terminaron el té y la rebanada de pastel. Ella tenía que quitarse la pijama y ponerse el vestido rosa que parecía de pastel sabor fresa porque ya se iba ir a casa. Su amiga le dijo que tenía mucho sueño, que si podían dormir un rato antes de irse. Mayita asintió con la cabeza, se retiró los cabellos que le cayeron sobre la cara y caminó hacia la cama, quitó a los perritos que la habían acompañado durante su estancia en el hospital, subió a la cama y llamó a su amiguita para que se recostara a su lado. La cubrió con las cobijas y el edredón de Lola, cerraron los ojos y se quedó profundamente dormida a lado de su nueva amiguita.

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