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martes, 10 de mayo de 2011

Alguien en la vida

—Un día como hoy hace 10 años que llegamos a México —les decía don Bruno a sus hijos—, y tú mijo ya eres todo un hombrecito. A tú edad yo y tú mamá ya te habíamos tenido, tú ¿Pa cuándo mi Toño?
—¡Oh!, pa, ¿cuál es tú prisa?, yo estoy bien —le respondió Antonio, el mayor de sus hijos, al cual nombraron así en honor a su bisabuelo materno.
—Si Bruno, no la chingues, para qué quieres casarlo, si apenas tiene 17 años, él tiene que retomar los estudios y ser mucho más que tú —le decía doña Buga, quien les prestó un pedazo de terreno para que vivieran ahí, Bruno, su mujer Josefa y sus cuatro chilpayates, Toño apenas tenía 7 años, Miguel, 5, Areli 3 y la más pequeña, Itzél, aún estaba en la panza de la madre—. Toño tiene que estudiar, comprarse un terreno y hacer su casa para que tenga qué ofrecerle a su mujer.
—Pero ¿Pa qué doña Buga?, si yo pude con cuatro hijos y vea ya hasta le terminé de pagar el terrino que me había prestado, y ya hasta comencé a construir mi casita. Además, ya en dos meses salen de la escuela mis otros hijos y nos vamos a ir al rancho a visitar a mi opa y mi oma, y se me van a echar encima porque ni mi Areli se ha casado. Me dicen que si no nos hubiéramos venido pa México no hubieran agarrado estas malas costumbres de los ricos, de querer estudiar y de hasta no casarse.
—Si Bruno, yo te entiendo, son costumbres de tu rancho, pero tú ya estás aquí, en la Ciudad de México, y tienes que aplicar el dicho de: “A donde fueres, haz lo que vieres”, y aquí tus hijos crecieron y conviven con otros niños, ven otras cosas y ellos quieren vivir de otra manera. A ellos ya no los engañas con pan y tortilla. Ve, Miguel dice que quiere estudiar arquitectura para que él diseñe las casas y tú las hagas y así tengas más trabajo, Areli quiere ser médico, Itzel aún está muy chica pero Toño, cuándo lo vas a dejar que continúe con sus estudios. No tanto decías que te chingabas para que tus hijos fueran mejor que tú, y ¿entonces?
—Pos si doñita, ya no me regañe, pero allá en el rancho cuando llego todos me ven como un ricachón de aquí. Desde que vamos entrando a la ranchería con los carros —tenía tres carros, un bocho, una camioneta RAM ya muy vieja y un gran marquis en las mismas condiciones que los anteriores, uno lo maneja él, otro Toño y el tercero su cuñado o uno de sus chalanes de la albañilería, porque él era maestro de obra—, y yo les toco el clacson, todos salen corriendo de sus jacales, chicos y grandes y luego con todos los regalos que les llevamos, bueno, con la ropa que ustedes nos dan,  la que ya no les queda pus me ven re bien. Y bueno, pa qué quiero más, no quiero ser ambicioso, aquí tengo mucho más que todos mis hermanos allá. Por eso le digo a Toño que si yo pude, él va a poder hacer otras cosas y si mis hijas se agarran buen marido…
Don Bruno seguía argumentando el por qué de su insistencia en casar a sus hijos, sin embargo, detrás de él estaban sus hijos con su madre Josefa y una de las hijas de doña Buga y Toño decía:
—Mi papá no entiende que no me voy a casar, ¿para qué ma?, ¿para comprar tres kilos de tortilla diario y llenarles la barriga así?, o, ¿para sacarlos de estudiar como lo hizo mi papá y llevarlos a trabajar a la obra de sol a sol?, no ma, yo no quiero eso.
—Si Josefa, deberías hablar tú con Bruno y convencerlo —le decía Rocío, la hija de doña Buga—.
—Pero es que ni entiende, es bien necio, y luego, si yo le digo a mi me pelea —respondió doña Josefa.
—Oh, ¿qué?, ¿no quieres tener una casa bien hecha?, ¿cómo las que él hace? —le decía Roció a Josefa mientras miraba insistentemente la casa de don Bruno—. ¿Desde cuándo no ha hecho mejoras a la vivienda?, no ha cambiado las láminas del techo y ya escurren, en un solo cuarto se duermen los seis. Las niñas ya están grandes y no pueden seguir durmiendo en el mismo lugar que sus hermanos. Si entiendo que Bruno se sienta bien y esté orgulloso con esto por las carencias que tuvieron ustedes en el rancho, pero tus hijos aquí también las tienen, y no van a poder salir adelante si no terminan de estudiar al menos una licenciatura.
—Si Chío, pero hazlo entender, te digo que es bien necio.
Doña Buga terminó la plática con don Bruno, se levantó de la silla que le habían regalado a Bruno en una de las casas que estaba trabajando, y se despidió, le siguió su hija.
Pasaron dos meses y llegó el momento de ir a visitar a su familia al rancho. Cargaron sólo dos carros, la camioneta y el gran marquís, el bocho lo dejaron porque no hubo quien lo manejara.
—¡Josefa!, ¡chamacos!, ya vámonos que se nos hace tarde.
—¡Ya vamos!, respondió Josefa.
Se subieron rápidamente a la camioneta, las niñas llevaban unas muñecas que su papá había comprado en el tianguis del pueblo a sólo $10.00, se las iban a regalar a sus primas.
Llegaron al rancho “Santiaguito”, se ubica cerca de Tlapa Guerrero. El camino estaba muy feo y peligroso, tenían que ir por una brecha que rodea la sierra y apenas y cabe la camioneta. Cuando los carros iban descendiendo a Santiaguito, hicieron sonar los clacson. Beep, beep, se escuchaba, a lo lejos, los padres de don Bruno al oir, se alegraron, no hacía falta salir y ver quién era, porque nadie más llegaba a visitar el rancho y mucho menos en carro.
Todos salieron corriendo a encontrar al hijo que se había ido de ahí hace diez años y que afortunadamente ya tenía un terreno y una casota como las que ellos una vez soñaron y además tenía hasta para llevar regalos a casi toda la familia.
Don Bruno bajó de la camioneta, abrazó a su padre y éste le dijo:
—Hijo mio, yo sabía que tú si ibas a ser alguien en la vida.

sábado, 7 de mayo de 2011

El que nunca volvió

Todas las noches en la casa de Petra se escuchaba un llanto.
—¡Otra vez ya está esa vieja loca cantando y emborrachándose con sus recuerdos!, ¿por qué no se larga de una vez por todas a buscar a ese músico al que tanto le ha llorado?— decía muy enojado y fastidiado don Nicolás porque desde hace casi 10 años tenía que aguantar lo mismo. No importaba si era lunes o martes, incluso si era el día de muertos o la fiesta del pueblo, Petra lloraba con tan solo escuchar alguna canción que aquel hombre le había cantado o tocado con su “Sax”.
Todos en el pueblo sabían que él había progresado y que jamás regresaría, si acaso lo haría sería para visitar a sus padres, pero no para verla a ella.
Petra vivía añorando esos días, incluso decía que no se arrepentía de haberle entregado su alma y pensamiento, que si él le hubiera pedido el corazón mismo en un frasco de formol para tenerlo en la repisa que sostienen los libros de algún biólogo, lo hubiera hecho. Pero no, él se fue y no le pidió ni la mano para despedirse.
Ella le prometió que lo esperaría al regreso de cada gira que hacía con su banda, no importaba si era hasta un año, ella siempre le prometió que al llegar al pueblo ella estaría dispuesta para atenderlo, pero no, él nunca volvió.
Ella se preguntaba una y otra vez qué había sucedido, no concebía como es que se había ido después de haberse amado con tanta intensidad y después de tantas promesas.
Petra sostenía en su mano izquierda la foto que se había tomado con él la última vez que lo vio y una de las rosas que le llevó esa noche, en la derecha la botella de vino y le decía a todo aquél  que se atontara y le prestara 5 minutos de su atención:
—Yo lo conozco desde que era joven, tenía unos 15 años cuando lo escuché por primera vez            —mantenía la mirada al frente como si se trasladara a ese tiempo—. Mi mamá trabajaba en la Casa del Arte y me mandaba a limpiar todas las tardes el salón de música para que cuando llegara el profesor Pessina con sus alumnos estuviera limpio y presentable, yo nunca dije que no, porque era la única oportunidad para poder ver al chico que tocaba el saxofón, él se percataba de mi mirada pero jamás volteó a verme. Una ocasión me sonrió porque se me calló la escoba e hice tremendo ruidero que me sonrojé porque interrumpí la sesión y mi mamá me pegó un gritote que se escuchó hasta el mercado grande. Después él y sus hermanos se fueron, porque ya tenían mejores oportunidades con una banda que conformaron junto con sus amigos a la que llamaron “La Gran Banda”.
Pasaron los años y no volví a  verlo hasta ese día, aquel 21 de abril del 2000, la Gran Banda se presentó en la clausura de la Flor más bella del Ejido. Me fui muy temprano para obtener un lugar al frente y si lo logré, incluso pude subir hasta el escenario y fue así como tuve el primer acercamiento con él. Faltaba una hora para que salieran a tocar y lo vi a lo lejos, me fui acercando y al mismo tiempo mis manos sudaban, mis piernas perdían fuerza, mi boca se secaba y mi corazón golpeaba como los caballos que golpean las trancas de su corral y que no les permite salir y galopar en el baldío. Llegué frente a él, lo miré a los ojos y le pedí que me permitiera retratarme  con él. Aceptó y le hizo señas a uno de sus compañeros para que nos la tomara. Lo abracé y me tomó de la cintura con la mano izquierda. Cuando nos separamos, sustraje una hoja de la bolsa de mi pantalón en la cual le decía que era aquella joven que todas las tardes iba a escucharlo a la Casa de Cultura, le decía lo deseosa que estaba por verlo y el gran amor que sentía desde ese tiempo, y por supuesto mis datos personales.
Él la agarró y la metió al bolso del lado derecho de su saco y me agradeció. —Gracias hermosa, después la leeré, en un momento salimos a escena y tenemos que preparar los instrumentos—. Se despidió y me dio la mano, yo me estiré un poco y le proporcioné un beso entre los labios y la mejilla, pegué demasiado mi cuerpo al grado de sentirlo.  Él sólo sonrió y se puso nervioso, aseguré que le había transmitido mi ansiedad al contacto con mis labios atrevidos y húmedos.
Salieron a escena y se escuchó el piano. Fue un concierto espectacular, aunque en realidad no puse demasiada atención en la música, en las luces y en la voz de Tania Torino. Yo sólo me enfoqué en los movimientos que hacía él y cómo tocaba su sax. Me imaginé lo grandioso que sería volar con él, y con ese movimiento de manos y de los dedos ¡¡¡uuuffff!!!!, ni hablar.
Terminó el concierto de clausura de la Fiesta de la flor, por un momento creí que voltearía a verme pero no fue así. Regresé a casa desilusionada y triste, me recosté, tomé la cámara y me quedé mirando durante varios minutos la foto que me tomé con él. En eso sonó el celular, lo agarré y vi que era un número desconocido, dudé en responder pero finalmente lo hice.
—¡Hola!
—¿Petra?
—Si, ¿quién habla?
—Soy yo, Orozco. 
—¡Hola!, pensé que no llamarías. Que no me recordarías.
—¿Cómo no lo iba a hacer?, aunque no lo creas siempre pienso en ti hermosa, nunca he dejado de hacerlo. ¿Te puedo ver?
—¡Claro!, Tú dime cuándo y a qué hora.
—¿Todavía vives en el pueblo?
—No, ya no, estoy viviendo cerca del centro de Xochimilco, si tienes tiempo te invito un café ahora —Ya no quiso esperar más y prefirió ser directa, no quería de nueva cuenta perder la oportunidad que había dejado hace algunos años.
—¡Por supuesto!, dame tú dirección y en 15 minutos estoy ahí, yo iba para la casa de mis padres.
Petra se levantó de un salto de su sillón, medio limpió la recámara, levantó la ropa que estaba tirada desde hace ya varios días, continuó en la sala, acomodó los libros que tenía en la barra de la cocina. Metió una botella de vino tinto al refrigerador, sacó las cerezas y las puso en un plato al igual que el queso manchego. Buscó el incienso con aroma a sándalo y lo prendió.
Ella intentó arreglarse un poco, se cepilló su cabelló recién cortado a causa de una de sus depresiones, se aplicó perfume y esperó. Pasó media hora, y no llegaba. Ya había iniciado una leve ansiedad, estaba desesperada, se decía y se repetía, por qué creíste que iba a venir a ti, si él seguramente está acostumbrado a tener a las mujeres más hermosas que jamás haya pensado y  tú jamás podrás competir con ellas. Pasaban los minutos y nada.
Se desesperó aún más y se levantó del sillón para poner un disco en el reproductor. Escogió uno que compró en el metro, “Grandes éxitos” por Edgar D.J., y sonó el celular nuevamente. Vio que era él, respiró profundo y dijo:
—¡Hola! —esperaba que la llamada fuera para que finalmente le dijera que no llegaría—.
—Hola hermosa una disculpa pero me retrasé un poco pero ya estoy afuera —Petra sintió un gran consuelo y le respondió:
—Ah!, está bien, en un momento salgo —corrió nuevamente al espejó del baño, se acomodó el cabello y salió a prisa. Efectivamente él estaba ahí, esperando, llevaba unas rosas en la mano. Petra lo invitó a pasar, él tomó su mano, se la llevó a los labios y la besó. Caminaron juntos, hombro a hombro, paso a paso.
Orozco vio en la barra el plato con cerezas y queso manchego, Petra le dijo que se sentara, él no hizo caso y la siguió, la abrazó por detrás, ella sólo sonrió. Sacó la botella de vino tinto, la descorchó y sirvió dos copas. Él dio el primer trago, lo saboreó y la besó intensamente, ella se escapó, tomó una cereza con un trozo de queso, se comió el queso y la cereza roja como sus días más difíciles la dejó en la punta de la lengua, la cual movía lentamente invitándolo a pasar, invitándolo a poseer lo que le pertenecía, lo que ella había decidió obsequiarle y él sin pensarlo lo tomó.
La besó intensamente, ella lo besó intensamente, se besaron intensamente. Retumbaron en el librero, en la pared, en la puerta hasta que pudieron llegar a la cama. Ella le desabotonó la camisa blanca, él sólo la miraba fijamente y respiraba cada vez más rápido, continuó con el pantalón acarició aquél animal a punto de devorar a su presa, lo besó, lo lamió.
Lo amó como a nadie, le hizo el amor como siempre lo había deseado. Lo acarició de la cabeza a los pies. Era tan excitante su aroma a macho que la mojaba, escurría cual llave pública de ranchería. Enfangó los dedos de los pies con los líquidos penetrantes de su sexo para después chuparlos e introducirlos en la vagina. Ella gemía como gata a media noche que se escapa por las azoteas para buscar el placer que sus dueños no le pueden proporcionar.
La levantó, la volvió a besar pero ella insistía en el encuentro con el rebosante acompañante de su amado. Él desistió y se dejó llevar por la sensación que le provocaba y sólo le decía que quería sentirla, quería estar dentro, sentir su calor húmedo. Golpear las paredes rosadas como se estrellan las olas entre los arrecifes, lanzar el líquido espumoso en la almeja babosa con olor a mediterráneo.
Ella levantó la cara, le dijo te amo y se abalanzó montándose en él como el cazador que monta a su dragón para demostrar su fuerza, para hacerlo suyo, se movió una y otra vez, se dejaba llevar por el cosquilleo doloroso que sientes al galopar sin la montadura.
Ella gritó si acaso tres veces “te amo, soy tuya, haz conmigo lo que quieras”. Los vecinos se alteraron porque nunca se habían escuchado esos ruidos en el departamento de la vecina. Él intento callarla con sus dedos provocando que ella los tomara con sus dientes y comenzó a succionarlos fuerte, muy fuerte. El pene se ponía más severo y altanero, hasta déspota se podría decir. Ella sintió como se contorsionaba el cuerpo de su compañero y le pidió que aquel líquido espumoso se lo regalara para beberlo, y así lo hizo. Ella estaba vuelta loca, parecía que había perdido la razón de tanto placer. Al terminar, se dejó caer en la cama y él a un lado de ella. Sus cuerpos bañados en sudor se combinaron creando un nuevo olor, su olor.
Se quedaron mirando fijamente y Petra cerró los ojos, quería dormir. Orozco le cantó:
—Amanecí otra vez entre tus brazos, y desperté llorando de alegría, te cobijé la cara con mis manos… —ella esbozó una leve sonrisa acompañado de un pequeño gemido que le provocó un gran orgasmo y le dijo:
—Después de cada gira aquí te estaré esperando, por favor no lo olvides —Cómo olvidarlo, después de cada viaje vendré a ti—.
Cuando Petra despertó, él ya no estaba, sólo la acompañaba Francisco Cespedes que le cantaba al oído “Tú por qué, la pregunta que siempre le ha dado sentido a la vida, no le encuentro contigo ninguna respuesta escondida, sin un por qué y fuiste mía, yo por qué tal vez soy lluvia que calma tú sed repetida… y me siento más solo que ayer cuando tú no eras nada…”, no entendía que había sucedido. Le llamó al celular y no respondió pero si le mandó un mensaje en el cual le decía que la amaba, y que regresaría a buscarla después de su gira por el sur de América.
—¿De verdad regresarás a buscarme? —le preguntó también por mensaje—.
—¡Por supuesto hermosa!, después de esto no podré vivir sin ti.
Pasaron los años y él nunca volvió. Y a partir de esa noche, Petra llora y recuerda cada momento desde el primer día que lo vio en el salón de música.

SU NUEVA AMIGUITA

I
La primera vez que Maya vio a su amiguita fue cuando iban a operarla para cerrarle un conducto arterial de su corazón de niña, rojo carmín como su color prismacolor, con sueños entre arcoiris y algodones azules azucarados.
            Era lunes, a mediados del mes de junio, cuando el sol calienta hasta los huesos y sobre todo el alma y la esperanza. Antes de salir de casa junto con sus padres, rumbo al hospital Siglo xxi, Mayita decidió ir a despedirse de sus muñecas y Bibi, un puerquito rosado que nombró así cuando apenas tenía un año seis meses de edad. Al llegar a la recámara encontró a la muñeca sentada en la sillita roja, a Bibi, en la azul y a una nueva amiga en la amarilla: los tres comían pastel de chocolate, preparado con el mejor lodo del jardín trasero de la casa, y pingüicas  de la vecina, que semejaban chispas de chocolate rojo.
Mayita se presentó con la nueva amiguita, le dio la bienvenida y a la vez se despidió de todos diciéndoles que se portaran bien, que ella regresaría pronto, que sólo se iba por unos días para que le cocieran su corazoncito que se había roto cuando cayó de la resbaladilla. En ese momento escuchó el grito de su padre: “¡Mayita!, ¡chaparrita!, apúrate que se nos hace tarde”. En ese instante Petra abrió la puerta y vio a su pequeña moviendo su manita derecha despidiéndose de sus muñecos. “Ya voy, mami, sólo vine a despedirme.” Salieron de la recámara, cerraron la puerta y dejaron atrás a los muñecos y a la nueva amiguita.
II
La operación fue un éxito y dos meses después los médicos dieron de alta a Mayita, quien no cabía de felicidad porque iba a regresar a la escuela e iba a ver a sus compañeritos de clase corriendo por todo el salón y, sobre todo, su gozo se debía a la visita inesperada de su nueva amiguita a  quien vio caminar por el pasillo. La miró a través del cristal que dividía el corredor y su cuarto de hospital, el cual habían decorado como si fuera su propia recámara. Cuando la internaron, a los dos días le llevaron la mesa roja con las cuatro sillas de colores, así como a Bibi y su muñeca, pero no a su nueva amiguita. Mayita le preguntó a su mamá por ella; Petra sólo frunció las cejas, torció un poco la boca y le dijo: “¡Ah!, lo que sucede es que no la vi, pero te traje a Bibi y a tu muñeca.” Mayita no quedó conforme y todas las noches al acostarse y rezar el ángel de la guarda, pedía por su nueva amiguita. Pero hoy era diferente, su amiguita había ido justo el día en que la habían dado de alta.
Se levantó de prisa de la cama, la cual tenía un edredón con la imagen de Lola de Plaza Sésamo; se calzó sus pantuflas de perrito (regalo de su tía Diana), con las nariz negra, los ojos a medio cerrar y las orejas cafés largas, largas, las cuales tenía que amarrar porque con ellas tropezaba; se acomodó la pijama de Blanca Nieves, se dirigió a la puerta; la abrió suavemente, cuidando que no rechinara como lloran los ratones que la acompañan de vez en cuando en sus sueños más divertidos; le hizo señas a su amiguita; ella corrió hacia el cuarto cuidando que nadie la viera y entró. Maya le agradeció que hubiera ido precisamente el día en que se iba ir a casa. Le dijo que se sentara en la sillita amarilla, ya que Bibi ocupaba la azul y la muñeca la roja, pues ellos también estaban invitados a tomar té de fresa con frambuesa y una rebanada de pastel de chocolate, pero esta vez sí era de verdad.
Mientras tanto, a través del cristal la cardióloga Ayala y la pediatra Betanzos observaban y comentaban que veían muy recuperada a Mayita, que incluso por primera vez jugaba con sus muñecos. Se alejaron de la ventana y fueron en busca de Carlos y Petra. Les confirmaron la mejoría de su hija, Los padres se abrazaron, brincaron y lloraron por la fortaleza de su hija: “¡Mayita es el mejor regalo de nuestra vida!”, dijeron al unísono.
III
Maya, su amiga, Bibi y su muñeca terminaron el té y la rebanada de pastel. Ella tenía que quitarse la pijama y ponerse el vestido rosa que parecía de pastel sabor fresa porque ya se iba ir a casa. Su amiga le dijo que tenía mucho sueño, que si podían dormir un rato antes de irse. Mayita asintió con la cabeza, se retiró los cabellos que le cayeron sobre la cara y caminó hacia la cama, quitó a los perritos que la habían acompañado durante su estancia en el hospital, subió a la cama y llamó a su amiguita para que se recostara a su lado. La cubrió con las cobijas y el edredón de Lola, cerraron los ojos y se quedó profundamente dormida a lado de su nueva amiguita.

H1N1

A diez años de la pandemia que sufrió México, el gobierno se percató de un error que se cometió en ese entonces. A pesar de no confiar en la vacuna que fue preparada en tan corto tiempo, miles de habitantes de la Ciudad de México fueron vacunados gratuitamente en el metro. Orozco fue uno de ellos, al igual que Petra y Bulmaro. Ellos tenían alrededor de dieciocho o veinte años de edad, ahora en este año cumplirán 30 más o menos. A pesar de haberse separado en la universidad Orozco se fue a la ENAH, Petra a la UAM-X y Bulmaro a Artes aún se hablaban o reunían de vez en cuando de vez en cuando.
Eran las dos de la mañana y sonó el teléfono de Petra, ella, por supuesto, estaba dormida y entre sueños alcanzó a escuchar el ring, ring. Sobresaltada contestó rápidamente, ya que los amigos y conocidos sabían perfectamente que no debían llamarle a esa hora, porque era muy aprensiva y se angustiaba de inmediato.
­­­­­—¡Bueno!, ¡bueno! —repetía constantemente; una voz casi imperceptible.
—Petra, soy yo, Orozco.
—¿Qué te pasa?, ¿por qué hablas así?
—No sé qué me sucede —respondió Orozco—. Tengo fiebre desde hace 3 horas.
Me siento fatigado, me duele la cabeza y el brazo derecho se me ha inflamado. Me siento muy mal, creo que voy a morir.
—No digas eso, voy para allá.
Petra tomó un abrigo y las llaves de su carro que colgaban de un clavo. Bajó las escaleras corriendo, abrió el auto y se dirigió a la casa de Orozco, como eran novios ella tenía llave del departamento, abrió y lo buscó.
—¡Orozco!, ¿dónde estás? —lo buscó en la recámara y no estaba, se dirigió al baño y tampoco lo encontró, corrió a la cocina y estaba tirado frente a la estufa, a un lado había una taza quebrada, era la taza del Museo Louvre que habían comprado en uno de sus viajes—. ¡Mi amor!, qué tienes, qué te pasó —tomó el celular y llamó a Urgencias, tardaron en contestar, trató de levantarlo pero no pudo.
—Por fin respondieron del otro lado.
—Urgencias, ¿qué le sucede?, ¿cuál es su dirección?
—Por favor, señorita, manden una ambulancia, mi novio está muy mal, no sé qué le sucede, tiene fiebre, dolor de cabeza, incluso tiene el brazo izquierdo morado y él no usa drogas.  —La operadora, le dijo que tuviera calma y que le diera la dirección. Se escuchó otra voz que preguntó:
—Rosita ¿qué sucede?
—¡Ay doctor!, al parecer es otro caso, igual al de los veinte pacientes que han llegado.
Petra lloraba sobre Orozco, él apenas  podía hablar.
 —No hables mi amor, todo va a estar bien, ya viene la ambulancia, le decía sollozando.
 —Llegó la ambulancia y se lo llevaron. Petra se subió con él. Lo metieron de inmediato a Urgencias mientras ella daba los datos generales de él.
Esperó mucho tiempo para que le dieran informes. Ya eran casi las diez de la mañana y sonó el celular, a través del identificador pudo ver que era Bulmaro.
—Hola.
—¿Cómo estás?
—Bien, gracias. Te llamo porque acabo de recibir una llamada de mi hermano Pedro que trabaja en la Cámara de Diputados y me dijo  que hay un problema con las personas que se vacunaron hace diez años contra la gripe porcina, y nosotros fuimos de esos, los tres nos vacunamos en la estación Pino Suárez, ¿lo recuerdas?
—¡Ay!, no me digas, precisamente estoy en el hospital porque Orozco se puso muy mal en la madrugada.
—¿En qué hospital están?, voy para allá.
Llegó al hospital GEA González en Tlalpan y buscó rápidamente a Petra, había mucha gente, todos con gesto de no entender qué sucedía. Por fin la encontró, estaba sentada en el piso, recargada en la pared desgastada por el tiempo y los usuarios. La levantó y la abrazó, ella se acurrucó en su pecho y lloró nuevamente.
Se dirigieron a un médico que en ese preciso momento salía y le preguntaron qué sucedía; él respondió:
—¡No pasa nada!, es un simple resfriado. —Bulmaro lo tomó de la bata y lo zangoloteó.
—¿Cómo me puede decir que es un simple resfriado, cuando saben perfectamente que hay complicaciones con la vacuna que nos aplicaron hace diez años en el metro, ésa, la H1N1! —la gente se levantó de sus asientos y se acercaron.
—¿Cómo?, ¿es cierto?—, yo me la apliqué también se oía por ahí.
—Mire mi brazo —Bulmaro se descubrió el brazo izquierdo y estaba morado e inflamado, el médico lo llevó de inmediato para adentro.
Los que se quedaron afuera no sabían qué sucedía, pero el ambiente comenzó a ponerse hostil. Adentro, Bulmaro se percató del gran número de infectados que ya habían llegado. Unos presentaban edema facial, hinchazón en la cara, muchos de ellos estaban deformes por la inflamación, incluso se podía percatar el parecido a los cerdos. Otros vomitaban en su mismo lugar, tenían diarrea y se inclinaban agarrándose el abdomen. Todo era un caos.
En la sala de juntas del hospital se encontraban reunidos los médicos más destacados del país, incluso estaba por llegar el Secretario de Salud.
—No sabemos qué está sucediendo, el gobierno no informa nada, todos los pacientes que nos están llegando son de Xochimilco —decía uno de los médicos. El director del hospital  se sentó y se llevó las manos a la cabeza.
—¡No puede ser! —decía en voz baja, sin embargo, alcanzaron a escuchar algunos doctores. —¿No puede ser qué, señor? —él levantó la cara y dijo:
—Lo que sucede es que en el historial que les estamos haciendo a cada unos de los infectados nos dicen que fueron vacunados en el metro contra el H1N1.
—¿Pero qué?, eso está causando éste nuevo problema? —dijo otro médico.
—Todo parece que es así, ya que cuando yo era residente en un hospital de Francia cuando sucedió lo de la pandemia aquí, en México, muchos médicos afirmaban que la aplicación masiva de una vacuna debe cumplir con un protocolo y, la que se estaba utilizado en México no cubría el tiempo mínimo d observación, incluso el Colegio de Enfermeros SNPI CFE-CGC, decía que una vacunación masiva contra un virus gripal relativamente benigno presenta riesgos, ya que se trata de una vacuna desarrollada demasiado rápido y con posibilidades de provocar enfermedades autoinmunes.
—¡Es cierto! —dijo el doctor Herrera—, ahora recuerdo que por órdenes del gobierno se prohibió informar a la gente que iba a ser vacunada de los riesgos que podía presentar al aplicársela.
—Y ¿cuáles eran esos riesgos? —preguntó el director.
—Pues entre los riesgos eran: diarrea, náuseas, vómitos, dolor abdominal, reacciones en el sitio local de la inyección, sofocaciones,  bochornos, escalofríos, fiebre, fatiga, astenia (sensación de debilidad y falta de vitalidad generalizada, tanto física como intelectual, que reduce la capacidad para trabajar e incluso realizar las tareas más sencillas), edema facial, trastornos del sistema inmunológico, reacciones de hipersensibilidad (incluida la garganta y / o edema de la boca), además, si observan, muchos de las personas que están internas están adquiriendo rasgos de los cerdos. Tienen los ojos redondos y pequeños, el color rosado y algunos son pintos y miren la nariz, y no se diga las orejas.
—¡Mmmmh!, habría que estudiarlos mejor antes de hacer conjeturas —después de decir esto, el director se levantó de su silla y se retiró. Al salir, se encontró con Petra.
—Doctor, disculpe, ¿cómo está mi novio y mi amigo?, no me han dicho nada, además quisiera mostrarle algo que me está pasando.
—¡Claro!, sígame, vamos a mi consultorio —entraron y le pidió que se sentara en la camilla.
—Pues mire, doctor, hace algunos días me di cuenta que tengo un retraso en mi periodo de aproximadamente dos meses y hace diez o quince minutos me percaté que mis senos  sufrieron un cambio, así, de pronto —se levantó la blusa y mostró unos senos un poco largos, además de presentar otros tantos sobre el abdomen.
—No es posible —dijo el director—, esto es increíble —tomó su teléfono celular y llamó; —Señor, está confirmado lo que se temía hace diez años. Debemos declarar como foco rojo la delegación Xochimilco, ahí han aparecido los primeros infectados.
Mientras tanto, en Los Pinos, el gabinete del Presidente citó a los dueños de las empresas de los medios de comunicación para que  hicieran una convocatoria a través de periódicos, televisión y radio. Solicitarían que las personas que fueron vacunadas hacía diez años en el metro contra el H1N1, se presentaran en el hospital de la Raza lo más pronto posible, porque tenían que aplicarles una vacuna más para reforzar. Incluso, si estaban fuera del país que se reportaran a las embajadas.
La población entera se alarmó y como era obvio se hacían preguntas, las cuales no conseguían una respuesta.
Mientras tanto en el hospital GEA González la situación empeoraba. Una enfermera que estaba atendiendo a un paciente se pinchó un dedo, a las dos horas inició con los síntomas, lo que permitió que se percataran que era contagioso.
Tuvieron que cerrar el hospital con doctores, intendentes, pacientes, familiares y todo ser vivo que se encontraba dentro del edificio.
Estados Unidos, el país vecino, informó a nivel mundial de lo sucedido y de la alarma. Mandó tropas alrededor de todo el país para que nadie saliera y esto no se extendiera.
Así fue como el país y su población entera tuvo que desaparecer.

Salí corriendo de casa.

Corría sobre la calle Bucareli hacia el metro Cuauhtémoc, cuando pasé a tu lado tú no te percataste de mi existencia. Tú con ese abrigo de paño negro que se puede comprar en cualquier tienda Parisina y que cubre tu cuerpo de sirena que baila entre las olas y corales del mar excitado por tu presencia, esas piernas firmes acompañadas por la cadencia de esa cadera ancha que atrae la mirada de hombres y mujeres que vas dejando atrás a cada paso que das con esos pequeños pies de gorrión recién salido del huevo.
Mi andar se hizo lento, y me detuve en la entrada del metro de la línea rosa, pasaste junto a mí, me empujaste y sin que te dieras cuenta de mi espera te miraba con mis ojos redondos de pollo que mira a la lombriz que sale de la tierra húmeda y olorosa, observaba cada uno de tus movimientos. Esperaba el momento adecuado para acercarme y preguntar por tu nombre; sin embargo, pudo más mi inseguridad de colegial y de primerizo en todo lo que te puedas imaginar.
Me paré a tu lado, una vez más no me tomaste en cuenta, era un usuario más de esa línea tan concurrida, estábamos sobre el andén en dirección a Observatorio, después de mi fracaso como hombre que quiere romper las cadenas que su madre le ha puesto no tuve más que sacar mi libro de Cortázar, sí, Julio Cortázar, Rayuela, y me dispuse a continuar la lectura que había interrumpido la noche anterior.
De pronto una voz gruesa y fría como el invierno interrumpió mi lectura, volteé la mirada hacia la voz helada y ronca y vi que eras tú, a la que había observado durante meses. Me dijiste que el libro era muy bueno y que te identificabas con la Maga, ya que ella era sabia, a pesar de opinar lo contrario su antigua pareja, quien decía que era una ignorante.
Abordamos el metro, charlamos sobre literatura, música, cine y teatro. En la estación Chapultepec me dijiste que en la siguiente parada bajarías pero que te gustaría volver a verme, anotaste tu nombre y número telefónico en un boleto del metro que sacaste de tu cartera perfumada. Te retiraste y nuevamente mis ojos se clavaron en ti, ahora ya no eran tus caderas las que atraían mi atención, sino la sensación en el estómago que revoloteaban mariposas, cucarachas y cualquier insecto y ave que existiera en el planeta, tu sonrisa, tu voz y tu aliento.
Como cada mañana te sigo observando y no dejo que tu amor vague en la frialdad de los túneles de esta ciudad, no dejo que tu presencia se pierda entre la muchedumbre de la mañana, no quiero perderte y sin darme cuenta llorar por ti, tampoco quiero que tus labios rojos e hidratados se sequen al contacto con los míos y por eso y por mucho más todos los días mi mirada te sigue y cuida el boleto del metro con tu nombre y número telefónico.

Cuentas pendientes

Tú nunca me valoraste, nunca valoraste todo el amor que tenía para ti. Tu mirada siempre era para otra mujer y no para la que tenías a tu lado y que era una gran mujer.
Aún recuerdo cómo desde el primer momento iniciaron las agresiones físicas y psicológicas. Ja, ja, ja, ahora en los comerciales de Televisa lo veo. Cuando me celabas pensaba que era porque me querías y que lo hacías porque te importaba y te molestaba que volteara a verme alguien más, me decías que yo siempre iba a ser tuya mientras nos revolcábamos en la cama con toda la pasión y energía que teníamos, tú tenías 24 años, yo, apenas cumplía los 18. Recuerdo que me tomabas del cabello y me jalabas hacia atrás, pegabas tú cara contra la mía, me mirabas fijamente, siempre serás mía, recuérdalo. Yo me emocionaba, y por supuesto la excitación era mayor.
Cuantas mujeres vi en el taller de pintura, ese taller que era nuestro, bueno, eso creía yo. Ahí pasábamos días enteros. Me gustaba verte pintar. Tú parado frente al cancel observando los colores que plasmabas en tu obra, yo, sentada en el sillón, admirando al hombre del cual me había enamorado perdidamente. Después de un rato de estar pintando, dejabas los pinceles y te ibas a sentar a mi lado, me besabas, me tomabas en tus brazos y nos íbamos a la recámara que habías ocupado en la infancia, esa recámara que fue testigo de muchos encuentros y no precisamente conmigo.
En ese lugar tuve mi primer crisis, ¿lo recuerdas?, yo sí, perfectamente. Fue después de que aventaste mi ropa hacia las escaleras mientras me gritabas que era una perra que solo servía para coger, que no valía nada. Te saliste y me dejaste ahí. Afuera estaban tus amigos, uno de ellos se compadeció de mí, tomó la ropa y me la entregó por la ventana, él cerró los ojos para no verme. Me vestí y con la dignidad por el suelo me retiré. Llegué a casa y lo único que hice fue llorar, gritar, golpearme y repetirme que no era más que una perra. Ahí comenzó todo. Llegué al psiquiátrico meses después.
Así como eso puedo recordarte muchas cosas más, golpes, maltratos, humillaciones, todo lo permití y me justificaba para no aceptar que estaba mal. Hoy, soy otra mujer, ya no tengo miedo, ya no permití que me golpearas, ni mucho menos que me humillaras, hoy soy otra.
Se escuchaban los reclamos de Petra en contra de Orozco. La gente que pasaba frente a su casa solo volteaba sin saber qué sucedía dentro del hogar de esa pareja que había creado muchos conflictos al interior de sus familias, sobre todo al interior de todo un pueblo. Los habitantes los condenaba cuando los veían pasear por las calles sin importarles nada, Las abuelas les decían ¡Pecadores, deberían quemarlos en la hoguera!, ellos se reían ante los comentarios, incluso se besaban delante de todos.
Los gritos y aullidos continuaban, ella era la única que lo hacía. Ya habían pasado más de tres horas y se oían los mismos reclamos. Finalmente alguien no aguantó la curiosidad de lo que sucedía dentro de la casa de Petra y Orozco y se asomó por la ventana sin cuidado alguno. Pudo ver a la mujer tirada sobre su hombre, él estaba sobre un charco de sangre y ella con un cuchillo en la mano que lo introducía rápidamente en el pecho de Orozco y con esa misma velocidad lo sacaba. ¡Te dije que tarde o temprano te iba a cobrar las cuentas pendientes!, fue lo último que se alcanzó a escuchar.

viernes, 6 de mayo de 2011

Promesa

Petra, es el nombre más hermoso que pudieron haber escogido mis padres para mi, éste pertenece a una ciudad preciosa en Jordania, siempre me digo que algún día iré a conocer ese bello lugar, ya que por esa razón mi madre pensó en nombrarme así, porque soy bella y le encanto a todo aquel que me conoce.
Todo esto pasaba por mi mente mientras estaba frente al espejo y me preparaba para ir al encuentro de Orozco, yo nunca me maquillo, y mucho menos mi arreglo es ostentoso, sin embargo la ocasión lo ameritaba y traté de ponerme lo más sexy posible, por supuesto a mi estilo.
Desnuda frente al espejo me imaginaba cómo sería cuando él llegara, ¿le diría sobre el gran amor que siento por él?, ¿me atrevería a confesarle que me gusta escucharlo cuando hace la lectura en clase?, ¿que imagino que me lee un cuento maravilloso mientras estoy por dormir?, así divago mientras saco la falda negra indú, sí, la de holanes, la que compré una ocasión que caminaba sobre 16 de septiembre y me dirigía al Salón Corona a beber una cerveza. Me pongo la falda, me calzo las botas de gamuza color gris y la blusa de tirantes negra que hace juego con la falda, cepillo mi cabello largo y negro, tomo la chalina del mismo color, la enredo en mi cuello sobre el collar de monedas plateado, me pongo los aretes largos y las pulseras para no pasar desapercibida en el metro y por cualquier lugar que yo camine.
En el morral echo el libro que estoy leyendo, sé bien que le va a gustar, es el libro de Pedro Juan Gutiérrez, “Sabor a mí”. Salgo corriendo de casa, pero a mitad del patio recuerdo que no me puse perfume y me regreso, miro los frascos y no me decido por el que sería el apropiado, me pregunto si el CK One o el 360º, ambos tienen feromonas, sí, los llevé a la perfumería y pedí que les pusieran para esta ocasión, dicen que eso atrae a los hombres, yo no quiero muchos, sólo quiero atraerlo a él.
Estoy muy nerviosa, el tiempo pasa muy lento, subo al metro, me siento y me pongo los audífonos, le doy play e inicia la canción de “Mi playa”, de Ely Guerra, te regalo mi sol, mi luz, mi playa… la tarareo y sonrío para mí, diciendo, eso es lo que más deseo, regalarte todo de mi.
Me bajo del metro en la estación Pino Suárez, transbordo a Isabel la Católica, camino sobre la calle del mismo nombre rumbo a Fray Servando, mi andar es torpe por los nervios que han provocado dolor de cabeza, de estómago y mucha ansiedad, ansiedad por decirle todo lo que me hace sentir. Subo hacia el 4º piso y me asomo a su cubo, no está, pero hay una nota que dice: regreso en 30 minutos. Me voy hacia la sala que se encuentra en la entrada del corredor y me siento, mi pierna comienza a moverse rápidamente, la sostengo fuerte contra la otra, no aguanto más esta maldita ansiedad, necesito un cigarrillo. Salgo a la calle y veo a una señora vendiendo rosas, no lo pensé ni un solo momento, compré una, la cual iba a darle cuando por fin llegara. Me fumo el cigarro y regreso a la sala a seguir esperando y continuar imaginando cómo sería cuando le confesara todo y él me dijera que siente lo mismo, pasa el tiempo y ya casi es la hora de su regreso. Por fin llega, sólo me dice hola, ¿tienes mucho esperando?, no, apenas llegué y sonrío. Observo su cabello, me gustan esas luces blancas que se dibujan en él y que acentúan la experiencia de la vida. Me paso al cubículo y me pregunta por qué no he llegado a clases, hago una mueca y pienso: cómo le digo que me he quedado acostada sobre el sillón, acariciándome y pensando en él, que mis dedos ya están cansados y mi mano agotada por la actividad tan intensa durante todos estos días, cómo decirle que lo deseo y que el día de hoy soy para él y que soy suya aunque él no lo sepa. Dónde quedó todo aquello que me había imaginado frente al espejo, dónde quedó esa seguridad que me otorga el nombre, prefiero no responder a su pregunta y estiro mi mano que sostenía la rosa, sólo hace un gesto de sorpresa y la toma, me dice gracias, es un lindo detalle, por un momento creí que me iba a decir lo mismo que Bulmaro cuando también le regalé una flor y lo único que él pudo darme a cambio fue un “y yo qué hago con esto”, fueron terribles esas seis palabras, sentí que el mundo se me venía encima, derrame unas lágrimas, bueno, fueron muchas lágrimas, pero no, Orozco no me dijo lo mismo, él la tomó y me dio las gracias.
Entonces Petra, ¿en qué te puedo ayudar?, recibí tu correo, ¿tienes problemas con la técnica que hemos estado trabajando?, ¿en qué te atoraste… él hablaba y hablaba sin yo ponerle atención, no sabía qué hacer y qué decir con exactitud, sólo observaba los carteles que tiene pegados en las paredes, de pintores reconocidos como Botero, Lautrec, Picasso, estaba aún más nerviosa, tenía la boca seca, abrí apresuradamente mi morral y saqué una paleta de caramelo macizo, le retiré la envoltura y comencé a chuparla, lo miré fijamente a los ojos, él se pasmó y guardó silencio, yo movía de un lado para el otro la paleta dentro de mi boca, la sacaba y la saboreaba, él abría más los ojos, los saltaba como un sapo que observa el mosquito al cual le va a lanzar la lengua para atraparlo, quiso decir algo pero solo tartamudeo, estaba perturbado, por fin se escuchó una palabra clara y al mismo tiempo me mostro un boceto de un dibujo en papel, no percibí que era exactamente la figura que me estaba mostrando pero entendí que quería que la viera, me levanté de la silla y me incliné hacia el escritorio apoyándome con codos y antebrazos, fijé la vista en el papel pero no escuché ningún ruido, levanté la mirada y pude darme cuenta que Orozco contemplaba mis senos, se podían ver perfectamente los pezones parados de una mujer excitada ya que yo no uso sostén, sentí como una puñalada que me atravesaba el pecho hasta llegar a mi sexo, me sentí húmeda, me levanté de la silla y me acerqué a él, me coloqué a su derecha, tomé su mano y me la llevé a la boca, le di un pequeño beso con mi lengua a su dedo índice, desplazándolo suavemente por los labios, le dejé un poco de saliva, él sólo me miraba atónito pero no retiró su mano, eso me indicó que podía hacer mi santa voluntad, me levanté un poco la falda, retiré sus dedos de mi boca y los dirigí hacia mis labios inferiores, y le dije, -en esto tengo problemas-, el movió lentamente los dedos abriéndose paso y abriendo los labios húmedos y calientes, quiso levantarse y no se lo permití, lo besé intensa y desesperadamente, él me correspondió. ¿Acaso podía hacer otra cosa?
Me senté en su escritorio, me levante completamente la falda y abrí las piernas, no tuve que decir que era lo que necesitaba, se acercó y comenzó a mamarme, en ese momento sentía que me orinaba del gusto y del placer, movía la lengua como un dios, como un gato cuando lame las sobras de su plato,  yo solo gemía silenciosamente porque en los otros cubos estaban otros profesores dando asesorías, lo hacía como si quisiera absorber el tuétano del espinazo de res que su madre le daba en el caldo de verduras cuando era niño, me metió su dedo y lo movió rápidamente mientras la punta de la lengua trabajaba con el clítoris, ya no pude más y le pedí que me lo metiera, se saco su verga hermosa y prodigiosa, la iba a meter pero me voltee tirando papeles y todo aquello que encontré sobre el escritorio y se la comencé a chupar, la chupaba como chupaba mi paleta, sabía tan rico que quería morderla y comérmela literalmente, parecía una boa  a punto de parir, las venas se saltaban y podía recorrerlas perfectamente con mi lengua rasposa, me la quitó de la boca, me empinó y me la metió, fue brusco, nunca me ha gustado el dolor pero con él no me importó, estaba tan mojada y tan caliente que ese dolor me hizo sentir placer, una vez más se hacía presente la experiencia, me agarró las chichis y me las acariciaba mientras me cogía, yo movía de forma circular las caderas y seguía sintiendo que me meaba, me dejé llevar, de pronto me sentí más húmeda pero acompañada de ese placer intenso que no quieres que acabe  jamás y que quieres tragarte esa verga y mantenerla en la vagina para siempre, fue el orgasmo más rico e intenso que he tenido en mi vida, él me apretó los hombros y lo sentí estremecerse, tuvimos un orgasmo simultáneo, me dejé caer en el escritorio y él sobre mí, reposamos un momento, sacó su pinga, yo me bajé la falda y me puse el bikini negro que traía en el morral, le di las gracias, un beso en la frente y me retiré.
A la siguiente semana regresé a la clase como si nada hubiera pasado, él seguía leyendo y yo me seguía prometiendo que algún día le confesaría el gran amor que le tengo.

Aztecas

Envuelta en un ajustado abrigo rojo, apenas sin mover las pestañas postizas que resaltaban sus ojos negros,  Petra declaró tener 17 años y dos de haberse convertido  en Zafiro, la diosa del movimiento de caderas. Petra estaba declarando frente al Ministerio Público cómo fue que llegó al “Azteca” de donde fue rescatada. El abogado de guardia del Ministerio Público no cesaba de mirarle las piernas controlando sus bostezos con el paisaje ondulado que se agitaba temblorosamente a escasos 50 metros de sus ojos de sapo.
Aquella noche, la comandante Cárdenas y su pareja entraron al Azteca, se sentaron en la mesa más cercana a la pista. Ya casi era la hora de iniciar el show principal. Cárdenas pidió una cerveza; su colega, lo mismo.
La comandante siempre había tenido curiosidad por saber cómo eran esos lugares, y cómo se comportaba la gente, por fin tenía oportunidad de descubrirlo. Inició el show, salió una joven hermosa, vestía una falda larga de gasa, tipo hindú, color verde agua, transparente, una blusa del mismo estilo, escotada hasta los hombros, ligeramente se veía uno de sus pezones, estaba descalza. Tal parece que entre mostrarse o no una mujer, vuelve más locos a los hombres, eso le impactó a Cárdenas quien comenzó a imaginarse que era ella quien había salido a la pista.
La mujer comenzó a bailar tiernamente, a mover sus caderas, y la chalina que llevaba en las manos, al igual que sus pulseras, producían un sonido que excitaba a todos los presentes.
Los hombres gritaban, gemían de placer por ver a esa niña-mujer moviéndose con movimientos de inocencia y pasión. De pronto se despojó de la chalina y se la aventó a  Cárdenas, ella volteó para todos lados sonrojada y la entregó a su pareja González. Zafiro sólo le sonrió y ella le devolvió un gesto de molestia, ocultando el intenso calor que la quemaba por dentro, sintió algo que nunca había experimentado en su vida, excitación por una mujer.
Bajó de la pista y salió corriendo por la puerta principal, por el radio dio instrucciones de iniciar el operativo y entrar, pues efectivamente, al menos había una menor de edad, era la chica que estaba bailando, la diosa del movimiento de caderas. Rápidamente llegaron los demás elementos, rodearon el lugar, entraron y detuvieron al dueño, quien dijo que un tal Alejo Guzmán Flores se las había ofrecido y él pagó para que trabajaran ahí, eran tres niñas, una de 12, quien había dicho tener 14, otra de 15 y Zafiro de 17, quien aseguraba tener 21 años, además de contar con documentos falsos.
En la declaración decía que en un principio no le gustaba hacer eso, que le daba pena y asco, pero que luego le agarró el gusto y lo disfrutaba, además de ganar un buen dinerito.
Llamaron a sus familiares para que fueran a recogerla, no los encontraron. Zafiro les pidió que si podían llevarla a su casa, pero que no quería ir con un hombre, y pidió que la acompañara la señora. Las autoridades accedieron y Cárdenas la subió a su patrulla, Zafiro se sentó en la parte trasera y comenzó a sollozar, Cárdenas le preguntó que por qué lloraba si había dicho que lo hacía por gusto, ella respondió: “porque mis padres me van a matar cuando se enteren en lo que estoy metida, no quiero llegar a mi casa, tengo mucho miedo”.
Cárdenas no respondió, intentaba aclarar su mente, porque sólo pensaba en la cercanía de sus cuerpos. Zafiro le dijo: “¿me puedo quedar contigo esta noche, o te causaría un problema con tu familia?”, Cárdenas tartamudeó y dijo que no tenía familia, que vivía sola. Dio vuelta en la siguiente esquina y se dirigieron al departamento de la comandante.
Llegaron al conjunto habitacional que estaba sobre Tlalpan, en la colonia Moderna, Edificio E 304, entraron al elevador y se creó un silencio ensordecedor. Cárdenas abrió las tres cerraduras que resguardaban el lugar y entraron.
Sorprendida por todo lo que encontraba a su paso, la joven mujer preguntó: “¿cómo te llamas?” “Me llamo Grecia, ¿y tú?”, “Petra, Petra Cabazos.”
“¿Quieres cenar algo?”, le pregunto Grecia tomándole la mano, “no gracias, pero lo que si me gustaría es bañarme, me siento muy sucia”, y retiró su mano de inmediato. “Por supuesto, al fondo está el baño, ahí encontrarás toallas limpias y una bata en la cajonera del lavabo”.
Ahora Petra y no Zafiro entró al baño dejando la puerta entreabierta. Grecia se dispuso a preparar algo de cenar, abrió el refrigerador y se percató que lo único que tenía eran cervezas y aceitunas, movió la cabeza negativamente y suspiró. Cerró la puerta y se dirigió al reproductor de discos, puso su disco favorito, 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina. Se acercó al cuarto de la regadera para decirle a Petra que iba a comprar algo a la tienda para comer, “, Petra ¿me escuchas?”,  no respondió, sólo se oía cómo caía el agua. Abrió la puerta y Petra estaba de frente mirándola, esperando a que apareciera.
Grecia sintió un golpe de calor, quiso correr pero su deseo pudo más que su voluntad y tomó lo que le ofrecían, era la primera vez que lo iba a experimentar y que desde hacía tiempo deseaba, ya que ningún hombre la llenaba. No se quitó la ropa, así se metió a la regadera y comenzaron a acariciarse, Zafiro se separó y le dijo al oído: “esto es gratis, lo hago porque me gusta”. Se besaron desesperadamente, el agua y la saliva se mezclaban, Petra la despojó de la playera color gris que delineaba perfectamente su figura, una figura como la de Atenea, aquella Diosa que una vez más proporcionaba la droga, pero esta ocasión no era a Zeus, sino era a la mismísima Zafiro, la diosa del movimiento de caderas, le besó los senos sobre el sostén color negro, Grecia sólo se dejaba llevar por los movimientos de la mujer y le acariciaba el cabello, desplazó lentamente su mano derecha por la espalda de Petra, llegó a la cintura y no pudo hacer más. No se atrevía a dar el siguiente golpe.
Petra le pidió que la siguiera acariciando, que no se detuviera, mientras le desabrochaba el sostén, el cual cayó al piso. Le acarició los senos redondos y duros, los pezones oscuros y erectos. Le dio unas pequeñas mordiditas al cuello, bajando poco a poco a lugares prohibidos para una mujer por la sociedad y la moral que su familia y sobre todo su padre le había inculcado.
Grecia estaba atónita ante lo que estaba viviendo. Petra desabrochó el pantalón de mezclilla y lo deslizó lentamente hacia el piso, quedando frente a la oscuridad de la selva que la invitaba a penetrar, Grecia sintió la suavidad de la lombriz que se deslizaba entre sus labios cálidos y mojados, quiso separarla para que no siguiera pero su deseo pudo más, la tomó de la cabeza y la sumergió en el pantano de agua dulce como el de Florida.
Una voz lejana la hizo reaccionar: “¡Grecia!, me puedes pasar una toalla, por favor”, ella continuaba frente a la puerta del baño. Sólo sonrió, suspiró, tomó la toalla y abrió la puerta.