—Un día como hoy hace 10 años que llegamos a México —les decía don Bruno a sus hijos—, y tú mijo ya eres todo un hombrecito. A tú edad yo y tú mamá ya te habíamos tenido, tú ¿Pa cuándo mi Toño?
—¡Oh!, pa, ¿cuál es tú prisa?, yo estoy bien —le respondió Antonio, el mayor de sus hijos, al cual nombraron así en honor a su bisabuelo materno.
—Si Bruno, no la chingues, para qué quieres casarlo, si apenas tiene 17 años, él tiene que retomar los estudios y ser mucho más que tú —le decía doña Buga, quien les prestó un pedazo de terreno para que vivieran ahí, Bruno, su mujer Josefa y sus cuatro chilpayates, Toño apenas tenía 7 años, Miguel, 5, Areli 3 y la más pequeña, Itzél, aún estaba en la panza de la madre—. Toño tiene que estudiar, comprarse un terreno y hacer su casa para que tenga qué ofrecerle a su mujer.
—Pero ¿Pa qué doña Buga?, si yo pude con cuatro hijos y vea ya hasta le terminé de pagar el terrino que me había prestado, y ya hasta comencé a construir mi casita. Además, ya en dos meses salen de la escuela mis otros hijos y nos vamos a ir al rancho a visitar a mi opa y mi oma, y se me van a echar encima porque ni mi Areli se ha casado. Me dicen que si no nos hubiéramos venido pa México no hubieran agarrado estas malas costumbres de los ricos, de querer estudiar y de hasta no casarse.
—Si Bruno, yo te entiendo, son costumbres de tu rancho, pero tú ya estás aquí, en la Ciudad de México, y tienes que aplicar el dicho de: “A donde fueres, haz lo que vieres”, y aquí tus hijos crecieron y conviven con otros niños, ven otras cosas y ellos quieren vivir de otra manera. A ellos ya no los engañas con pan y tortilla. Ve, Miguel dice que quiere estudiar arquitectura para que él diseñe las casas y tú las hagas y así tengas más trabajo, Areli quiere ser médico, Itzel aún está muy chica pero Toño, cuándo lo vas a dejar que continúe con sus estudios. No tanto decías que te chingabas para que tus hijos fueran mejor que tú, y ¿entonces?
—Pos si doñita, ya no me regañe, pero allá en el rancho cuando llego todos me ven como un ricachón de aquí. Desde que vamos entrando a la ranchería con los carros —tenía tres carros, un bocho, una camioneta RAM ya muy vieja y un gran marquis en las mismas condiciones que los anteriores, uno lo maneja él, otro Toño y el tercero su cuñado o uno de sus chalanes de la albañilería, porque él era maestro de obra—, y yo les toco el clacson, todos salen corriendo de sus jacales, chicos y grandes y luego con todos los regalos que les llevamos, bueno, con la ropa que ustedes nos dan, la que ya no les queda pus me ven re bien. Y bueno, pa qué quiero más, no quiero ser ambicioso, aquí tengo mucho más que todos mis hermanos allá. Por eso le digo a Toño que si yo pude, él va a poder hacer otras cosas y si mis hijas se agarran buen marido…
Don Bruno seguía argumentando el por qué de su insistencia en casar a sus hijos, sin embargo, detrás de él estaban sus hijos con su madre Josefa y una de las hijas de doña Buga y Toño decía:
—Mi papá no entiende que no me voy a casar, ¿para qué ma?, ¿para comprar tres kilos de tortilla diario y llenarles la barriga así?, o, ¿para sacarlos de estudiar como lo hizo mi papá y llevarlos a trabajar a la obra de sol a sol?, no ma, yo no quiero eso.
—Si Josefa, deberías hablar tú con Bruno y convencerlo —le decía Rocío, la hija de doña Buga—.
—Pero es que ni entiende, es bien necio, y luego, si yo le digo a mi me pelea —respondió doña Josefa.
—Oh, ¿qué?, ¿no quieres tener una casa bien hecha?, ¿cómo las que él hace? —le decía Roció a Josefa mientras miraba insistentemente la casa de don Bruno—. ¿Desde cuándo no ha hecho mejoras a la vivienda?, no ha cambiado las láminas del techo y ya escurren, en un solo cuarto se duermen los seis. Las niñas ya están grandes y no pueden seguir durmiendo en el mismo lugar que sus hermanos. Si entiendo que Bruno se sienta bien y esté orgulloso con esto por las carencias que tuvieron ustedes en el rancho, pero tus hijos aquí también las tienen, y no van a poder salir adelante si no terminan de estudiar al menos una licenciatura.
—Si Chío, pero hazlo entender, te digo que es bien necio.
Doña Buga terminó la plática con don Bruno, se levantó de la silla que le habían regalado a Bruno en una de las casas que estaba trabajando, y se despidió, le siguió su hija.
Pasaron dos meses y llegó el momento de ir a visitar a su familia al rancho. Cargaron sólo dos carros, la camioneta y el gran marquís, el bocho lo dejaron porque no hubo quien lo manejara.
—¡Josefa!, ¡chamacos!, ya vámonos que se nos hace tarde.
—¡Ya vamos!, respondió Josefa.
Se subieron rápidamente a la camioneta, las niñas llevaban unas muñecas que su papá había comprado en el tianguis del pueblo a sólo $10.00, se las iban a regalar a sus primas.
Llegaron al rancho “Santiaguito”, se ubica cerca de Tlapa Guerrero. El camino estaba muy feo y peligroso, tenían que ir por una brecha que rodea la sierra y apenas y cabe la camioneta. Cuando los carros iban descendiendo a Santiaguito, hicieron sonar los clacson. Beep, beep, se escuchaba, a lo lejos, los padres de don Bruno al oir, se alegraron, no hacía falta salir y ver quién era, porque nadie más llegaba a visitar el rancho y mucho menos en carro.
Todos salieron corriendo a encontrar al hijo que se había ido de ahí hace diez años y que afortunadamente ya tenía un terreno y una casota como las que ellos una vez soñaron y además tenía hasta para llevar regalos a casi toda la familia.
Don Bruno bajó de la camioneta, abrazó a su padre y éste le dijo:
—Hijo mio, yo sabía que tú si ibas a ser alguien en la vida.