Envuelta en un ajustado abrigo rojo, apenas sin mover las pestañas postizas que resaltaban sus ojos negros, Petra declaró tener 17 años y dos de haberse convertido en Zafiro, la diosa del movimiento de caderas. Petra estaba declarando frente al Ministerio Público cómo fue que llegó al “Azteca” de donde fue rescatada. El abogado de guardia del Ministerio Público no cesaba de mirarle las piernas controlando sus bostezos con el paisaje ondulado que se agitaba temblorosamente a escasos 50 metros de sus ojos de sapo.
Aquella noche, la comandante Cárdenas y su pareja entraron al Azteca, se sentaron en la mesa más cercana a la pista. Ya casi era la hora de iniciar el show principal. Cárdenas pidió una cerveza; su colega, lo mismo.
La comandante siempre había tenido curiosidad por saber cómo eran esos lugares, y cómo se comportaba la gente, por fin tenía oportunidad de descubrirlo. Inició el show, salió una joven hermosa, vestía una falda larga de gasa, tipo hindú, color verde agua, transparente, una blusa del mismo estilo, escotada hasta los hombros, ligeramente se veía uno de sus pezones, estaba descalza. Tal parece que entre mostrarse o no una mujer, vuelve más locos a los hombres, eso le impactó a Cárdenas quien comenzó a imaginarse que era ella quien había salido a la pista.
La mujer comenzó a bailar tiernamente, a mover sus caderas, y la chalina que llevaba en las manos, al igual que sus pulseras, producían un sonido que excitaba a todos los presentes.
Los hombres gritaban, gemían de placer por ver a esa niña-mujer moviéndose con movimientos de inocencia y pasión. De pronto se despojó de la chalina y se la aventó a Cárdenas, ella volteó para todos lados sonrojada y la entregó a su pareja González. Zafiro sólo le sonrió y ella le devolvió un gesto de molestia, ocultando el intenso calor que la quemaba por dentro, sintió algo que nunca había experimentado en su vida, excitación por una mujer.
Después de la chalina siguió la blusa, mostrando un sostén de tirantes transparente, se veían perfectamente los pezones y los senos redondos como naranjas dulces y jugosas. Se inclinó frente a Cárdenas y con el dedo índice la llamó, ella se asombró y el público le aplaudió, se oyeron alaridos y exigencias para que subiera al ring, iban a tener doble show, dos mujeres juntas. Zafiro se volteó de espaldas a ella, le tomó las manos y se las puso en las caderas, Cárdenas la despojó de la falda lentamente, alcanzó a aspirar su aroma. Se quedó paralizada por todo lo que estaba sintiendo, esa excitación tan mundana la estaba haciendo perder la cabeza.
Bajó de la pista y salió corriendo por la puerta principal, por el radio dio instrucciones de iniciar el operativo y entrar, pues efectivamente, al menos había una menor de edad, era la chica que estaba bailando, la diosa del movimiento de caderas. Rápidamente llegaron los demás elementos, rodearon el lugar, entraron y detuvieron al dueño, quien dijo que un tal Alejo Guzmán Flores se las había ofrecido y él pagó para que trabajaran ahí, eran tres niñas, una de 12, quien había dicho tener 14, otra de 15 y Zafiro de 17, quien aseguraba tener 21 años, además de contar con documentos falsos.
En la declaración decía que en un principio no le gustaba hacer eso, que le daba pena y asco, pero que luego le agarró el gusto y lo disfrutaba, además de ganar un buen dinerito.
Llamaron a sus familiares para que fueran a recogerla, no los encontraron. Zafiro les pidió que si podían llevarla a su casa, pero que no quería ir con un hombre, y pidió que la acompañara la señora. Las autoridades accedieron y Cárdenas la subió a su patrulla, Zafiro se sentó en la parte trasera y comenzó a sollozar, Cárdenas le preguntó que por qué lloraba si había dicho que lo hacía por gusto, ella respondió: “porque mis padres me van a matar cuando se enteren en lo que estoy metida, no quiero llegar a mi casa, tengo mucho miedo”.
Cárdenas no respondió, intentaba aclarar su mente, porque sólo pensaba en la cercanía de sus cuerpos. Zafiro le dijo: “¿me puedo quedar contigo esta noche, o te causaría un problema con tu familia?”, Cárdenas tartamudeó y dijo que no tenía familia, que vivía sola. Dio vuelta en la siguiente esquina y se dirigieron al departamento de la comandante.
Llegaron al conjunto habitacional que estaba sobre Tlalpan, en la colonia Moderna, Edificio E 304, entraron al elevador y se creó un silencio ensordecedor. Cárdenas abrió las tres cerraduras que resguardaban el lugar y entraron.
Sorprendida por todo lo que encontraba a su paso, la joven mujer preguntó: “¿cómo te llamas?” “Me llamo Grecia, ¿y tú?”, “Petra, Petra Cabazos.”
“¿Quieres cenar algo?”, le pregunto Grecia tomándole la mano, “no gracias, pero lo que si me gustaría es bañarme, me siento muy sucia”, y retiró su mano de inmediato. “Por supuesto, al fondo está el baño, ahí encontrarás toallas limpias y una bata en la cajonera del lavabo”.
Ahora Petra y no Zafiro entró al baño dejando la puerta entreabierta. Grecia se dispuso a preparar algo de cenar, abrió el refrigerador y se percató que lo único que tenía eran cervezas y aceitunas, movió la cabeza negativamente y suspiró. Cerró la puerta y se dirigió al reproductor de discos, puso su disco favorito, 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina. Se acercó al cuarto de la regadera para decirle a Petra que iba a comprar algo a la tienda para comer, “, Petra ¿me escuchas?”, no respondió, sólo se oía cómo caía el agua. Abrió la puerta y Petra estaba de frente mirándola, esperando a que apareciera.
Grecia sintió un golpe de calor, quiso correr pero su deseo pudo más que su voluntad y tomó lo que le ofrecían, era la primera vez que lo iba a experimentar y que desde hacía tiempo deseaba, ya que ningún hombre la llenaba. No se quitó la ropa, así se metió a la regadera y comenzaron a acariciarse, Zafiro se separó y le dijo al oído: “esto es gratis, lo hago porque me gusta”. Se besaron desesperadamente, el agua y la saliva se mezclaban, Petra la despojó de la playera color gris que delineaba perfectamente su figura, una figura como la de Atenea, aquella Diosa que una vez más proporcionaba la droga, pero esta ocasión no era a Zeus, sino era a la mismísima Zafiro, la diosa del movimiento de caderas, le besó los senos sobre el sostén color negro, Grecia sólo se dejaba llevar por los movimientos de la mujer y le acariciaba el cabello, desplazó lentamente su mano derecha por la espalda de Petra, llegó a la cintura y no pudo hacer más. No se atrevía a dar el siguiente golpe.
Petra le pidió que la siguiera acariciando, que no se detuviera, mientras le desabrochaba el sostén, el cual cayó al piso. Le acarició los senos redondos y duros, los pezones oscuros y erectos. Le dio unas pequeñas mordiditas al cuello, bajando poco a poco a lugares prohibidos para una mujer por la sociedad y la moral que su familia y sobre todo su padre le había inculcado.
Grecia estaba atónita ante lo que estaba viviendo. Petra desabrochó el pantalón de mezclilla y lo deslizó lentamente hacia el piso, quedando frente a la oscuridad de la selva que la invitaba a penetrar, Grecia sintió la suavidad de la lombriz que se deslizaba entre sus labios cálidos y mojados, quiso separarla para que no siguiera pero su deseo pudo más, la tomó de la cabeza y la sumergió en el pantano de agua dulce como el de Florida.
Una voz lejana la hizo reaccionar: “¡Grecia!, me puedes pasar una toalla, por favor”, ella continuaba frente a la puerta del baño. Sólo sonrió, suspiró, tomó la toalla y abrió la puerta.
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