Es domingo, y como todos esos días te despiertas casi a medio día con la resaca del alcohol y la mariguana que compartieron tú y tus amigas en la fiesta de la Gladys, apenas y puedes incorporarte, todo te da vueltas como cuando te subes a la rueda de la fortuna que traen en la fiesta del Santo Patrono de San Gregorio, incluyendo las luces de colores que lo adornan, figurando un arbolito de navidad.
Te quedas mirando al techo esperando que alguien te extendiera la mano y te ofrezca unos ricos chilaquiles picosos, iguales a los que te comes en la casa del Yeyín.
Cierras los ojos y tratas de dormir nuevamente, te levantas de un salto y tus pies caen sobre el tapete de Pocahontas que te compraste en Las Torres por sólo veinte pesos, miras hacia el reloj que tienes en la pared manchada como la vida oxidada que llevas. Te metes a la regadera de inmediato, el agua está helada, pero ayuda para recuperar el color de tu piel morena semejante al barro de Oaxaca y, sobre todo, para mantener firme tu escultural cuerpo, caderas anchas que despejan tu andar, con el vientre plano que te dirigen a curvas peligrosas por donde quieras irte, el cuerpo que atrae las miradas de hombres y mujeres cuando caminas por la calle.
Sales de prisa, te envuelves en la toalla que robaste del último hotel al que fuiste con Orozco, con otra secas tu cabello teñido, amarillo como el color de tu equipo de futbol favorito, parecido a los rayos del sol que acarician tus piernas que asoleas en tu azotea. Por segunda ocasión vuelves a ver el reloj y la mancha que asemeja la imagen de un anciano sonriendo. Te paras frente al espejo del tocador, abres el primer cajón y sacas la cuchara cafetera con la cual te enchinas las pestañas. El dedo pulgar lo colocas debajo de las pestañas del ojo derecho y frotas la orilla de la cuchara contra aquellas que protegen a las niñas que más cuidas. Las maquillas con el rímel de la manzanita, el de aguacate con aceite de oliva para que crezcan y se enchinen más, te pusiste un poco de colorete en las mejillas y a través del espejo volviste a mirar el reloj por tercera ocasión.
Tu estomago sufrió una contracción, parecido a un golpe proporcionado por Julio César Chávez Jr., el dolor se desplazó hacia las piernas, el pecho y los brazos, tu respiración se aceleró como el de un búfalo en brama, tus manos sudaron, al grado de tener que secarlas con la bata de baño rosa como la vida misma, el reloj marcaba las 14 horas con 15 minutos. Delineaste el contorno de tus ojos oscuros y redondos de pollo que mira a la lombriz que asoma la cabeza sobre la tierra húmeda, aplicaste el labial de la marca jordana color rojo salvaje, ese, el que no se corre al besar. Al aplicarlo te imaginaste unos labios húmedos y calientes, listos para emprender el ataque.
Abriste el ropero y te quedaste más de dos minutos parada frente a la ropa que colgaba de los ganchos pensando qué te pondrías para esta ocasión, volviste a mirar el reloj por quinta vez, sacaste un vestido naranja, escotado y abierto de ambos lados de las piernas, el cual compraste en el puesto del hippie que vende frente al deportivo y que te hizo una rebaja esperando un sí a su propuesta de salir un día, te lo pusiste sobre tu cuerpo desnudo y sentiste la frescura de la tela, como las caricias de los pétalos de rosa de seda, suave y excitante, te estremeciste y sentiste un revolotear de cucarachas por todo tu cuerpo, cucarachas con patas rasposas y panza lisa. Volteaste a ver por sexta ocasión el reloj pero esta vez la humedad expresaba la imagen de un niño llorando. Caminaste por la recámara, la sala y el comedor, diste dos o tres vueltas a la estancia y la sudoración y nerviosismo no cesaban, terminaste por recostarte en la cama, todo te daba vueltas, la resaca de la marihuana y el alcohol no te permitían levantarte.

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