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sábado, 17 de diciembre de 2011

El aparecido en la plaza

—!Orozco!, ya no tomes —Petra le decía a su novio, mientras intentaba quitarle la botella de la boca.
—¡Oh!, pérate chaparrita, ¿no ves que me haces quedar mal con mis amigos?
—A mí que me importa, yo lo que quiero es irme, te he dicho muchas veces que me da miedo cruzar la plaza del pueblo a esta hora, porque chilla el muerto.
—ja, ja, ja, ja —se escucharon varias risas.
—¿El muerto?, ¿cuál muerto? —dijo alguien por ahí.
—Pues al que mataron en la plaza hace muchos años, ¿no saben de esa historia?, mi abuela me la contó cuando era una niña, y eso porque una vez oí chillar al muerto, la piel se me puso chinita, chinita como de gallina, por ésta —se llevó la mano derecha a la boca, simulando una cruz con sus dedos, el pulgar y el índice.
—¡Es cierto, yo también lo he escuchado! —dijo Rosita— pero dicen que si lo escuchas cerca es que está lejos, y si lo escuchas lejos es porque está cerca de ti.
—Haber cuéntanos la historia ésa Petrita, que yo no la conozco —dijo Bulmaro.
—No empieces con tus cosas mi chaparrita, luego ya ni van a querer irse de mi casa pa no pasar por ahí —le decía Orozco a Petra mientras la abrazaba y la jalaba hacia la salida.
—Espérame, porque estos brutos se rieron de mi, ahora les cuento pa que les de miedo y no se anden burlando de la gente.
—Pues mi abuela me contó que hace muchos, muchos años, un muchacho vino a jugar cartas a la tienda del Portal, donde ahora está el sastre —les decía Petra— ahí, jugaban los señores cuando llegaban de trabajar en la chinanpa, en las trajineras, en el bosque o sembrando sus tierritas. El muchacho era de Xaltocan y alguien lo invitó y se puso a jugar, pero perdió todo lo que traía y quedó a deber. Como ya estaban tomados, se lo llevaron hacia el kiosco, donde estaba la fuente, ¿la recuerdan?
—No pero mi mamá me ha platicado    que había una llave donde todos tomaban  el agua de ahí —respondió Rosita.
—Bueno, pues se lo llevaron y dicen que lo golpearon y que el chavo pedía ayuda, pero que nadie se atrevió a salir. Sino que al día siguiente lo vieron tirado junto a la fuente, y ya estaba muerto. Un vecino saco una manta y lo tapó. Dicen que uno de los que lo mataron fue… —no terminó de decir y guardó silencio. Orozco le dijo que continuara.
—Pues díselo, además él no fue —nadie decía nada. Hizo una mueca, se rascó la cabeza con los dedos de la mano derecha y prosiguió.
—Pues dicen que fue tu bisabuelo, el señor Medina, incluso se lo llevaron a las Islas Marías, allá donde se filmó una película de Pedro Infante, también dicen que sale de extra en esa película —le dijo a Bulmaro. Él sólo abrió más los ojos y levantó las cejas.
—¡Ah, no ma!, no lo sabía. Bueno, de la película sí, pero mi abuela me decía que porque era actor, que por eso salió ahí, pero de eso no sabía nada y creo que nadie de mi familia lo sabe.
—Se hacen pendejos, que no quieren decir por vergüenza es otra cosa, pero si todo los dicen
 —dijo Orozco.
—Bueno, ¡ya, ya!,  déjenme seguirles contando —les dijo a todos—. En qué iba… ¡ah!, ya recuerdo.  Y que le avisaron a sus familiares y vinieron por el cuerpo, pero que todos los días durante mucho tiempo la mamá del muchacho lloraba en la fuente y que les gritaba reclamos y aventaba piedras a los habitantes que pasaban por ahí, porque nadie se había atrevido a ayudar a su hijo y que por eso se había muerto. Y que poco tiempo después se empezó a escuchar el chillido del muerto en la plaza del pueblo. Pero que si lo escuchas y le dices groserías como: ¡vete a chingar a tú madre!, o cosas así, dejas de escucharlo”.
—¡Ay, manita!, ya me dio mucho miedo —dijo Rosita— y ahora, ¿cómo nos vamos a ir?
—No me vas a decir que crees todo eso, si sólo son cuentos de la gente —le dijo Orozco riéndose y burlándose.
Petra se despidió de todos y les dijo que ya tenía que irse porque sino su mamá la iba a regañar porque ya era muy noche. Los demás se levantaron de las sillas y dijeron que también se iban. Orozco acompañó a Petra hasta su casa, ella vivía en la carretera vieja a Tulyehualco y los demás en San Jerónimo, por lo que forzosamente tenían que atravesar la plaza.
Iban caminando, riéndose y empujándose en el camino a casa. Atravesaron por el lugar que en esa noche se mencionó tanto y Orozco dijo:
—Ya ven, no hay nada, son puros cuentos —se rieron y continuaron.
Cuando iban a travesando la calle de los lavaderos oyeron un quejido muy fuerte, un quejido que parece aullido de perro pero como si también se quejara una mujer. Fue un sonido horrible que hizo que los jóvenes voltearan a mirarse y sintieran que los cabellos y bellos de todo su cuerpo se erizaran, y la piel se enchinara del miedo. Corrieron sin saber a dónde ir.

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