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sábado, 17 de diciembre de 2011

La Cita

Es domingo, y como todos esos días te despiertas casi a medio día con la resaca del alcohol y la mariguana que compartieron tú y tus amigas en la fiesta de la Gladys, apenas y puedes incorporarte, todo te da vueltas como cuando te subes a la rueda de la fortuna que traen en la fiesta del Santo Patrono de San Gregorio, incluyendo las luces de colores que lo adornan, figurando un  arbolito de navidad.
Te quedas mirando al techo esperando que alguien te extendiera la mano y te ofrezca unos ricos chilaquiles picosos, iguales a los que te comes en la casa del Yeyín.
Cierras los ojos y tratas de dormir nuevamente, te levantas de un salto y tus pies caen sobre el tapete de Pocahontas que te compraste en Las Torres por sólo veinte pesos, miras hacia el reloj que tienes en la pared manchada como la vida oxidada que llevas. Te metes a la regadera de inmediato, el agua está helada, pero ayuda para recuperar el color de tu piel morena semejante al barro de Oaxaca y, sobre todo, para mantener firme tu escultural cuerpo, caderas anchas que despejan tu andar, con el vientre plano que te dirigen a curvas peligrosas por donde quieras irte, el cuerpo que atrae las miradas de hombres y mujeres cuando caminas por la calle.
Sales de prisa, te envuelves en la toalla que robaste del último hotel al que fuiste con Orozco, con otra secas tu cabello teñido, amarillo como el color de tu equipo de futbol favorito, parecido a los rayos del sol que acarician tus piernas que asoleas en tu azotea. Por segunda ocasión vuelves a ver el reloj y la mancha que asemeja la imagen de un anciano sonriendo. Te paras frente al espejo del tocador, abres el primer cajón y sacas la cuchara cafetera con la cual te enchinas las pestañas. El dedo pulgar lo colocas debajo de las pestañas del ojo derecho y frotas la orilla de la cuchara contra aquellas que protegen a las niñas que más cuidas. Las maquillas con el rímel de la manzanita, el de aguacate con aceite de oliva para que crezcan y se enchinen más, te pusiste un poco de colorete en las mejillas y a través del espejo volviste a mirar el reloj por tercera ocasión.
Tu estomago sufrió una contracción, parecido a un golpe proporcionado por Julio César  Chávez Jr., el dolor se desplazó hacia las piernas, el pecho y los brazos, tu respiración se aceleró como el de un búfalo en brama, tus manos sudaron, al grado de tener que secarlas con la bata de baño rosa como la vida misma, el reloj marcaba las 14 horas con 15 minutos. Delineaste el contorno de tus ojos oscuros y redondos de pollo que mira a la lombriz que asoma la cabeza sobre la tierra húmeda, aplicaste el labial de la marca jordana color rojo salvaje, ese, el que no se corre al besar. Al aplicarlo te imaginaste unos labios húmedos y calientes, listos para emprender el ataque.
Abriste el ropero y te quedaste más de dos minutos parada frente a la ropa que colgaba de los ganchos pensando qué te pondrías para esta ocasión, volviste a mirar el reloj por quinta vez, sacaste un vestido naranja, escotado y abierto de ambos lados de las piernas, el cual compraste en el puesto del hippie que vende frente al deportivo y que te hizo una rebaja esperando un sí a su propuesta de salir un día, te lo pusiste sobre tu cuerpo desnudo y sentiste la  frescura de la tela, como las caricias de los pétalos de rosa de seda, suave y excitante, te estremeciste y sentiste un revolotear de cucarachas por todo tu cuerpo, cucarachas con patas rasposas y panza lisa. Volteaste a ver por sexta ocasión el reloj pero esta vez la humedad expresaba la imagen de un niño llorando. Caminaste por la recámara, la sala y el comedor, diste dos o tres vueltas a la estancia y la sudoración y nerviosismo no cesaban, terminaste por recostarte en la cama, todo te daba vueltas, la resaca de la marihuana y el alcohol no te permitían levantarte.

El aparecido en la plaza

—!Orozco!, ya no tomes —Petra le decía a su novio, mientras intentaba quitarle la botella de la boca.
—¡Oh!, pérate chaparrita, ¿no ves que me haces quedar mal con mis amigos?
—A mí que me importa, yo lo que quiero es irme, te he dicho muchas veces que me da miedo cruzar la plaza del pueblo a esta hora, porque chilla el muerto.
—ja, ja, ja, ja —se escucharon varias risas.
—¿El muerto?, ¿cuál muerto? —dijo alguien por ahí.
—Pues al que mataron en la plaza hace muchos años, ¿no saben de esa historia?, mi abuela me la contó cuando era una niña, y eso porque una vez oí chillar al muerto, la piel se me puso chinita, chinita como de gallina, por ésta —se llevó la mano derecha a la boca, simulando una cruz con sus dedos, el pulgar y el índice.
—¡Es cierto, yo también lo he escuchado! —dijo Rosita— pero dicen que si lo escuchas cerca es que está lejos, y si lo escuchas lejos es porque está cerca de ti.
—Haber cuéntanos la historia ésa Petrita, que yo no la conozco —dijo Bulmaro.
—No empieces con tus cosas mi chaparrita, luego ya ni van a querer irse de mi casa pa no pasar por ahí —le decía Orozco a Petra mientras la abrazaba y la jalaba hacia la salida.
—Espérame, porque estos brutos se rieron de mi, ahora les cuento pa que les de miedo y no se anden burlando de la gente.
—Pues mi abuela me contó que hace muchos, muchos años, un muchacho vino a jugar cartas a la tienda del Portal, donde ahora está el sastre —les decía Petra— ahí, jugaban los señores cuando llegaban de trabajar en la chinanpa, en las trajineras, en el bosque o sembrando sus tierritas. El muchacho era de Xaltocan y alguien lo invitó y se puso a jugar, pero perdió todo lo que traía y quedó a deber. Como ya estaban tomados, se lo llevaron hacia el kiosco, donde estaba la fuente, ¿la recuerdan?
—No pero mi mamá me ha platicado    que había una llave donde todos tomaban  el agua de ahí —respondió Rosita.
—Bueno, pues se lo llevaron y dicen que lo golpearon y que el chavo pedía ayuda, pero que nadie se atrevió a salir. Sino que al día siguiente lo vieron tirado junto a la fuente, y ya estaba muerto. Un vecino saco una manta y lo tapó. Dicen que uno de los que lo mataron fue… —no terminó de decir y guardó silencio. Orozco le dijo que continuara.
—Pues díselo, además él no fue —nadie decía nada. Hizo una mueca, se rascó la cabeza con los dedos de la mano derecha y prosiguió.
—Pues dicen que fue tu bisabuelo, el señor Medina, incluso se lo llevaron a las Islas Marías, allá donde se filmó una película de Pedro Infante, también dicen que sale de extra en esa película —le dijo a Bulmaro. Él sólo abrió más los ojos y levantó las cejas.
—¡Ah, no ma!, no lo sabía. Bueno, de la película sí, pero mi abuela me decía que porque era actor, que por eso salió ahí, pero de eso no sabía nada y creo que nadie de mi familia lo sabe.
—Se hacen pendejos, que no quieren decir por vergüenza es otra cosa, pero si todo los dicen
 —dijo Orozco.
—Bueno, ¡ya, ya!,  déjenme seguirles contando —les dijo a todos—. En qué iba… ¡ah!, ya recuerdo.  Y que le avisaron a sus familiares y vinieron por el cuerpo, pero que todos los días durante mucho tiempo la mamá del muchacho lloraba en la fuente y que les gritaba reclamos y aventaba piedras a los habitantes que pasaban por ahí, porque nadie se había atrevido a ayudar a su hijo y que por eso se había muerto. Y que poco tiempo después se empezó a escuchar el chillido del muerto en la plaza del pueblo. Pero que si lo escuchas y le dices groserías como: ¡vete a chingar a tú madre!, o cosas así, dejas de escucharlo”.
—¡Ay, manita!, ya me dio mucho miedo —dijo Rosita— y ahora, ¿cómo nos vamos a ir?
—No me vas a decir que crees todo eso, si sólo son cuentos de la gente —le dijo Orozco riéndose y burlándose.
Petra se despidió de todos y les dijo que ya tenía que irse porque sino su mamá la iba a regañar porque ya era muy noche. Los demás se levantaron de las sillas y dijeron que también se iban. Orozco acompañó a Petra hasta su casa, ella vivía en la carretera vieja a Tulyehualco y los demás en San Jerónimo, por lo que forzosamente tenían que atravesar la plaza.
Iban caminando, riéndose y empujándose en el camino a casa. Atravesaron por el lugar que en esa noche se mencionó tanto y Orozco dijo:
—Ya ven, no hay nada, son puros cuentos —se rieron y continuaron.
Cuando iban a travesando la calle de los lavaderos oyeron un quejido muy fuerte, un quejido que parece aullido de perro pero como si también se quejara una mujer. Fue un sonido horrible que hizo que los jóvenes voltearan a mirarse y sintieran que los cabellos y bellos de todo su cuerpo se erizaran, y la piel se enchinara del miedo. Corrieron sin saber a dónde ir.

Agradecimiento

Sentada en un sillón ejecutivo color rojo, Petra se encontraba llenando una solicitud de donación de hombres para las mujeres necesitadas de uno de ellos. Le pedían referencias y motivo de dicha donación, Petra tenía muchos y no sabía por cuál de ellos comenzar.
—¿Comienzo por lo más reciente…, por lo que lo caracteriza particularmente… por lo bueno que es en la cama…?, ¿por dónde será mejor?.
Petra divagaba, no sabía qué escribir. Inició llenando los datos  personales. Nombre: Petra Cabazos; Edad: 32 años; Domicilio: Zacapan, Xochimilco; Referencias: Dorotea Jiménez y Gumersinda González; Años de conocer al donado: 14 años; motivos (de ninguna manera se permitirá falso testimonio y que la donación sea para causar daño a las mujeres que están necesitadas de un macho):
—Uno de los motivos por el cual estoy dispuesta a donar al gran hombre con el cual he estado durante 14 años es porque es un macho en la cama, es un toro, un potro indomable que deja satisfecha a su hembra y que hace lo necesario para que una como mujer quede llena y la hace sentir que es la mejor amante, ¡sí!, él es así. Aún recuerdo aquél día que llegué más temprano que de costumbre al taller en el cual trabajaba, salí temprano de la oficina y ya me andaba por llegar a su lado para poder estar cerquita de él. Quería darle una sorpresita y la sorpresa me la dio él, pues yo llegué, abrí la puerta y alcancé a escuchar que Fito Paez estaba entonando una canción, estaba un poco fuerte la música, tal vez por eso no se percató de mi arribo al lugar. Llegué a la puerta del estudio y estaban desnudos su modelo y él, tirados en el sillón, ella gemía inconsolable, ¡claro!, no se puede esperar menos de mi Gumaro. En el momento pensé en retirarme sin hacer ruido porque él se enoja que lo interrumpa cuando está entrando en ambiente con las chicas con las que él trabaja, porque me dice que es muy difícil desnudarse frente a un hombre desconocido y por supuesto qué el debe hacerlas sentir en confianza. No me retiré y le hablé.
—¡Gumaro!—, la chica se exaltó y se puso roja como un jitomate. Él se levantó y me jaló a la recámara. —¿Por qué me haces esto?, ¿acaso yo voy a buscarte a tú oficina para espiarte?, —¡No amor!, lo que pasa es que quería darte una sorpresa, discúlpame por favor.
Me salí de inmediato de ahí y no sé por qué razón yo lloré inconsolablemente. Me dolía el pecho y me faltaba el aire, intenté dormir y no podía. Hasta que dieron como las dos de la mañana y él llegó, abrió cuidadosamente la puerta y entró al cuarto y me dio un beso en los labios, se percató que estaba llorando y me volvió a besar intensamente, me volvió a explicar por qué tenía que hacer eso con la modelo y que me iba a mostrar algo que ella le había enseñado. Esa noche me hizo el sexo oral como nunca, tuve seis orgasmos seguidos sólo con su lengua. Pobre chavita, y yo que la espanté por haber aparecido así porque si y ella hasta le enseñó esto a mi Gumaro para que me tuviera contenta.
Otro motivo que tengo para que una mujer necesitada de un macho como el mío lo elija a él es porque nunca me deja sola. Incluso cuando había quedado de ir a tomar un café con Dorotea yo lo bronquee porque a mí nunca me invita a un café o al cine y a sus amigas sí. Ese día, me entendió y me llevó a tomar el café con Dorotea y él, fue tan padre estar los tres juntos en la misma mesa, incluso hasta me dio algunos consejos de cómo tratarlo mejor en la cama y me dijo lo mucho que a él le gustaba que le dieran un masaje después del encuentro amoroso, yo me sorprendí y le di las gracias porque en 14 años que duré con él nunca me había dicho que le gustara eso, y ahora cada vez que estamos juntos termino con un masajito y queda retecontento mi Gumaro.
Así como esas experiencias tengo muchas como muestra de lo buena gente que es mi Gumaro, de todo lo que él aprendía con sus modelos y sus amigas que iba conociendo cada vez que se iba al “Aztecas”, un tugurio que está en Salto del Agua, con esas señoritas, aprendía un montón y el pobre tenía que pagar para entonces así llegar conmigo y tenerme satisfecha, porque tenía miedo de no complacerme y me fuera con otro. ¡Ay mi Gumaro!, tantos sacrificios que hizo por mí y yo le pague requetemal.
Uno de esos días que mi Gumaro se fue a Cancún con una de sus alumnas, ¡sí!, con Gumersinda, la niña de 17 años que no conocía el mar, se fue con ella porque la pobrecita nunca había ido en su infancia y él me dijo que teníamos que ocupar el dinero ahorrado para que ella lo conociera porque sino su autoestima iba a valer madres y a esa edad las niñas hacen tonterías y quién mejor que él para enseñarle el mundo. En un principio no me pareció porque esta vez no me iba a llevar pero me explicó  que ella podía intimidarse y no iba a disfrutar plenamente de la arena y el mar y pues qué razón tenía mi Gumaro. Pues ese día que él se fue no sé por qué yo estaba llorando por los rincones de la oficina y se me acercó un compañero del trabajo que tiene aproximadamente 26 años o 24, algo así. Se me acercó y me preguntó que si me podía ayudar en algo, yo le dije que estaba triste porque mi marido había salido de viaje y que me había quedado sola en casa. Él para demostrarme su agradecimiento porque le he ayudado mucho en las dudas que se le han presentado en la estadística cualitativa me invitó a comer y pues a mí no me gusta comer sola y acepté. Nos fuimos a comer al Gante café, charlamos mucho y como eso de las siete de la noche comenzó a tocar un grupo de rock mexicano y pedimos unas yardas. Imagínense cómo terminamos. Terminamos en un hotel sobre Tlalpan y gracias a la bondad de mi Gumaro que se ha estado sacrificando por mí, el chico de apenas veintitantos años quedó satisfecho y contento, así pude darme cuenta que tenía mis encantos. Yo me siento muy mal, porque el nuevo trabajo que tengo me da más satisfacciones económicas, emocionales y de seguridad en todos los sentidos, tanto que mi Gumaro no aceptó este cambio y la verdad, tuve que dejarlo porque a mis clientes no les gustaba que se presentará cuando estaba haciendo mi trabajo y aplicando todo aquello que aquellas chicas modelos, alumnas, exalumnas, le enseñaron para que nuestro matrimonio nunca fracasara. Es por eso que vengo a donar a este Banco de Donacion de Machos a mi Gumaro, para que otra disfrute de todos esos sacrificios y aprenda de todo ello como yo.

Pecados culinarios


Todos los días durante la mañana, a medio día, en las tardes y sobre todo en las noches cuando ya todos dormían ella lo intentaba una y otra vez y nada. Las herramientas que utilizaba eran de todos los tamaños colores y texturas y tampoco funcionaban. Buscaba consuelo  con los chicos de todos los barrios y colonias cercanas, incluso algunas ocasiones  cruzó fronteras y lo intentaba con los turistas que venían al embarcadero o al bosque a pasear en caballo y ni así lo lograba. Estaba desesperada, ya no sabía qué hacer.
Por un momento creyó que tal vez a sus 38 años se había dado cuenta que en realidad ya no le gustaban los hombres o cuál sería la razón por la que ya no encontraba placer en ellos.
Llevaba casi 5 años sin haber disfrutado realmente del sexo con alguien, ni su mano le daba el placer que le otorgaba a sus 30 años cuando no quería saber más del sexo opuesto. Sus juguetes que la sacaban de los apuros cuando veía las películas de Tabú que tanto le gustaban ya no le bastaban para obtener el éxtasis que la relajaba.
Hasta que un día, un amigo le hizo una llamada casi de madrugada.  —Petra, ¿por qué no te vienes para la milpa alta?, vienen unos amigos de Argentina y quiero que te conozcan, nos echamos unos curaditos y comemos rico en la casa—, Petra que no tenía más planes para ese día accedió y se fue a los altos del sur de la ciudad. A ella en realidad nunca se le había antojado probar el pulque, le habían dicho que se sentía muy baboso y que además era muy apestoso  pero al no ver más que eso le dio el primer trago a su curado de jitomate. —¡Mmmmmhhhh!, ¡delicioso! —, comenzó a sentir un hormigueo que le recorría todo el cuerpo pero que iniciaba debajo de su vientre, ella creyó que era porque ya le había pegado el pulque. Cuando Silver le sirvió la carne asada con nopales, cebollitas cambray y longaniza deleitó la comida como si nunca la hubiera probado, como si fuera un manjar prohibido y que estaba a punto de disfrutar. Dio el primer bocado y sintió como el sabor le recorría todo el cuerpo, cada una de sus extremidades hasta llegar a su sexo, sólo apretó las piernas y volvió a sentir nuevamente el placer tanto añorado. Se humedeció por primera vez en muchos años. Creyó que era el efecto del pulque.
Al día siguiente fue la fiesta de su pueblo, Santa Natividad. Fue invitada a comer a la casa del Mayordomo. Las mesas principales ya estaban ocupadas, sólo quedaba una libre y que era la que estaba cerca de donde habían armado el castillo. Estaba retirada de la gente, ella lo prefirió así y se sentó sola. Minutos después llegó un vecino y se sentó en la misma mesa, era el “Momo”, con él jugaba futbol cuando eran niños y siempre lo había despreciado. El menú era mole rojo con carne de pollo acompañado con arroz y de beber agua de Jamaica y tequila pal desempance. Dio el primer bocado. Se saboreó el mole que le había quedado en los labios, cerró los ojos al mismo tiempo y de nueva cuenta sintió la humedad entre sus piernas, se estremeció. El “Momo” que no había desviado su mirada ni un momento sobre ella se dio cuenta de los gestos de placer que su bella vecina hacía al probar cada cucharada de la comida y él sintió el calor que le recorría todo el cuerpo. Ella se retiró el guarache que llevaba puesto y comenzó a acariciar la pierna de su vecino con su pie delgado y pequeño. Sin pensarlo se metió debajo de la mesa y jaló hacia ella al “Momo” que ya no era tan despreciado en ese momento. Sólo se levantó la falda larga de Michoacán y se empinó, él buen muchacho sólo obedeció a sus instintos animales, al ver a la hembra en posición idónea. Después del acto, Petra se salió de la mayordomía y se fue a su casa. En su recamara a solas, ella se preguntaba una y otra vez si acaso de tanto ver la película “Como agua para chocolate” se le había cumplido su deseo de sentir pasión con la comida. —Tendré que conseguir pétalos de rosas rojas y codorniz para guisar un buen platillo— pensaba en la película, por supuesto que sólo se reía de su experiencia, pero qué importaba que hubiera sido debajo de la mesa y con el “Momo” si después de todo no estaba tan feo y además había regresado el placer a su vida.
Lo realmente preocupante comenzó cuando no sólo era con el pulque, la longaniza o el mole, sino hasta con los tamales que vendía la señora Gudelia en la Juárez y además tenía que llevar en su morral una buena porción de comida a sus encuentros amorosos y sexosos, para así poder disfrutar de la pasión que los hombres no eran capaces de ofrecerle por ellos mismos. Cuando comenzaban con el ritual del besito en el cuello, las caricias suaves ella tenía que decir: —permíteme un momento— sacaba su itacate y degustaba del mole verde o de las tapas españolas o una pasta italiana y según fuera el platillo era la bebida que lo acompañaba, podía ser un pulque de la Huichapan, pasando por un tequila o vodka hasta vino tinto, según el manjar que ella llevaba a ese encuentro.
Los hombres no entendían por qué hacía eso pero no les importaba ya que Petra era otra mujer completamente desinhibida, se dejaba hacer lo que ellos quisieran y por supuesto les hacía hasta lo que ellos nunca se habían imaginado. Tenía no un orgasmo, tenía hasta 10 orgasmos seguidos, siempre y cuando no le hiciera falta su ración culinaria.
Un buen día conoció a Mären, ella estaba comprando discos en Mixup de Coapa y lo vio ahí, parado frente a la sección de Jazz, todo se le removió, fue amor a primera vista. No fue difícil que él volteara a verla, porque ella utilizó todas las estrategias para que se fijara en su presencia. Ese mismo día fueron a tomar unas cervezas al centro de Tlalpan, se la pasaron muy bien, se rieron, bromearon, parecía como si se conocieran de hace mucho tiempo. Se miraron fijamente a los ojos y supieron que no podían esperar más, se levantaron y él sólo le preguntó: —¿a dónde vamos?— ella respondió —a donde tú quieras—.
Llegaron al lugar donde todos los amantes ocultos hacen su guarida. Se besaron apasionadamente, con muchas ganas, muchos deseos, pero… Petra recordó que no llevaba comida alguna y no sabía qué hacer. Aquél hombre le gustaba demasiado para perder la oportunidad de tenerlo entre sus piernas. Se estreso y comenzaba a no disfrutar de ese encuentro. Él hacía lo suyo, la besaba, la acariciaba y lo único que podía hacer ella era hacer qué él disfrutara y así fue. Ella no tendría en esa ocasión el placer del encuentro y no sabía si volvería a verlo —¡maldita gula!—, no poder mojarse y excitarse sino no había comida en su boca. Se dejó llevar, él seguía en lo suyo, ella fingía y cada que podía sin que él se diera cuenta se ensalivaba los dedos y se los llevaba a su vagina para que no se percatara de la sequedad de sus labios.
Todo siguió su curso, buscaba en el cuarto aunque fuera un dulce pequeñito, un trago de vino o agua natural haber si eso le podía ayudar, aunque en esos momentos pensaba en un mole negro o tal vez unas enchiladas verdes. Se dio por vencida. No iba a poder. Se levantó y ella comenzó a besarle los pies, las pantorrillas, las piernas, las nalgas, las axilas, los rincones que jamás le habían besado. Bebió de su sudor y eso la activó. Su sudor no era salado, sabía a él, tenía un sabor dulce, tampoco sabía a loción, lo limpió y  enjugó con su lengua. Sólo sentía cómo se le enchinaba la piel y se mojaba. Se volteó y le pidió que se lo metiera por donde nunca nadie había estado, por donde nunca nadie había penetrado, él obedeció. Se escuchó un aullido muy fuerte y desgarrador, pero no, no fue así, ella lo disfrutó plenamente. Desde ese día ya tenía dos formas de disfrutar del sexo y su único pecado era el Pecado Culinario.

Pecados Capitales


¿Qué es el pecado?, ¿quién no ha pecado?, quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Petra buscaba en el diccionario de la web el significado de pecado y pecadora, palabras que no entendía y que siempre eran utilizadas por sus vecinas para describirla. En la calle le llamaban “pecadora” y cuando se atrevían a cruzar alguna palabra con ella terminaban diciéndole que vivía en el “pecado”, pero no, a ella no le quedaba claro y encontró que los griegos tenían el concepto de pecado “de aquél que vivía al margen de lo esencial debido a una actitud errónea”; en lo religioso “a una transgresión voluntaria de normas o preceptos religiosos”. Pecadora entonces es “aquella que vive en una actitud errónea y que rompe con el orden”. Ella seguía inconforme —pero… si soy pecadora, ¿qué pecados he cometido?, ¿cuáles son las normas que he violado?—, siguió buscando más sobre el tema y se encontró con los siete pecados capitales.
Basándome en esta lista de los pecados capitales… pues si he practicado varios de ellos, pero para que me llamen así, no es para tanto. Y gritarme en la calle —¡Que la quemen en leña verde!, ¡pecadora!, ¡exageran!
Prosiguió en la búsqueda y llegó a los diez mandamientos: amarás a Dios sobre todas las cosas, no tomarás el nombre de Dios en vano, santificarás el día del Señor, honrarás a tu padre y a tu madre, no matarás, no cometerás actos impuros, no robarás, no dirás falso testimonio, no mentirás, no consentirás pensamientos ni actos impuros y no codiciarás los bienes ajenos —¡ah chinga!, hasta ahora conozco los otros nueve mandamientos, el único que me sabía era por la canción de “El noveno mandamiento” de los Vázquez. Ahora si me quedan más claras las cosas. Pero ¿llamarme pecadora?, ¡exageran!, pinches viejas envidiosas. Sólo porque ellas no pueden recibir a sus amigos en su casa en la madrugada para que les hagan compañía o recibir regalos a cambio de favores, ¿para qué chingados se casan a los 16 y 17 años? y dicen que yo soy quien no tiene llenadero.
Petra tomó su morral y salió a caminar. No dejaba de pensar en los posibles pecados que pudiera haber cometido y si vivía en el pecado o no. Sacó un cigarrillo de cannabis, y se recostó en el pasto del bosque que está cerca de su casa. Miró las nubes y comenzó a buscarle forma a cada una de ellas, tal vez era el efecto de la marihuana. También recordó su historia con Mären, aquél hombre que se fue a España por un año y ya llevaba cinco. Derramó algunas lágrimas y la expresión de sus ojos cambió. Se llenaron de rabia y odio y maldijo mil veces su nombre y recuerdo, primer pecado, la ira. No entendía porque no había regresado si ella le había entregado todo, había dejado a todos esos hombres con los que contaba según la ocasión.
El día que escuchó por primera vez a la Gran Banda fue en el restaurante Lobsters. Esa noche fue su primer encuentro con él, como su primo era el dueño del restaurante pudo obtener los lugares principales. Comenzaron a salir los músicos y por ultimo salió Mären, el Director Musical. Le impactó su sonrisa franca y el brillo que tenía en los ojos; su voz, y como pronuncia ligeramente la “d” por la “s”. Desafortunadamente él iba acompañado, al parecer era su novia, pero qué importaba si ella tenía a un hombre en casa, ¡oh!, ¡oh!, ¡actos impuros!, envidió a aquella mujer y deseo que se muriera en ese instante (tercer pecado), le dijo a Felip que los presentara, él solo sonrió y le respondió:
—está acompañado, está con su chica.
—y eso ¿qué?, no me vas a decir que es mejor que yo.
La soberbia por delante, tenía que dejarse de llamar Petra para no sentirse la más hermosa y mejor que todos. Los presentaron y mostró su faceta estúpida para que aquella mujer no sintiera temor de su presencia. Finalmente, como él tenía que esperar a que recogieran todos los instrumentos su chica se retiró. Esa noche fue su gran noche y con su perseverancia logró que Mären se quedara con ella y ella puso punto final a su relación de muchos años.
El churro ya iba a la mitad, sacó las galletas saladas que había echado al morral y el queso philadelphia —estarían mejor unas tapas españolas pero ni hablar—, la vista se le nubló. Sonrió y se preguntó:
—¿Lujuria, gula…?, ¿contará como pecado aquel día que invité a Mären a comer las deliciosas tapas españolas que venden en la “Jersey” y que al comerme la tapa de jamón serrano con queso de oveja tuve un orgasmo culinario?, sentí cómo me humedecía, mis líquidos se deslizaron lentamente por mis piernas y ¿qué decir cuando llegué al postre que lleva queso mascarpone, nuez y miel?, ¡mmmmmhhh!—, petra al recordar cerró los ojos, se chupó los dedos que estaban embarrados de queso y se los llevó entre las piernas, los sacó y los regresó a sus labios, pero adicionado con sus fluidos.
—El vino tinto que regalan para acompañar los manjares que ahí se comen no es de la mejor calidad pero no le hago el feo—, desplazó su lengua por sus labios se mordió el labio inferior y bebió un trago del mezcal que su amiga La Gorda le regaló, se le derramó un poco hasta llegar a sus tetas, aquellas tetas hermosas, duras y redondas que tanto le gustaban a él, siempre que ella estaba arriba él sólo le decía: —¡dámelas que me las quiero comer!, ¡estás riquísima!, no entiendo que busca tu wey en otro lado—. En realidad ahora era ella quien no comprendía ¿por qué no había regresado como lo había prometido? Por supuesto que sabía que las pinches españolas eran bien calientotas, pero ella también lo era, incluso cuando la notaba seria le preguntaba el por qué de su indiferencia —¿no vas a saludar a mi amigo?, él te ha extrañado mucho y tú no le haces caso—, Petra sonreía y se agachaba para saludar al que tanto la extrañaba. Él, seguía manejando. Su cuerpo se contorsionó y se dejó caer sobre el pasto.
Le dio otra fumada a su churro y cerró los ojos, a tientas encontró su morral que estaba a su lado y se lo puso sobre su vientre, cubriéndose parte de las piernas. Metió la mano dentro del pantalón hasta encontrarse con el camino espeso y viscoso.  
Aquel día que estaban degustando las deliciosas tapas Petra cuidadosamente se acercó a Mären y le dijo un secreto al oído acompañado de un lengüetazo —estoy muy mojada, escurro de lo caliente que me ponen estos sabores, no hay cosa más deliciosa que comer y coger, quiero que ahorita y aquí me lo hagas—, Mären que era más precavido en público sólo sonrió y le dijo que esperara y se sonrojó. Discretamente ella se acarició las tetas, se puso de espaldas a él y recogió la servilleta que sin darse cuenta había tirado, él la tomó por la cintura y se recargó en ella. La chica que los estaba atendiendo sólo los observaba y comenzaba a excitarse, ella también se tocaba discretamente detrás del refrigerador de las carnes frías.
Su compañera, que se llamaba Rosy según el botón que portaba de lado derecho de su playera, quien estaba a cargo de levantar los pedidos de los comensales fue a verla porque se dio cuenta que estaba pasmada y seguramente también muy mojada. Rosy aprovecho para sacar una botella de vino tinto del refrigerador y al igual que Petra se agachó y sintió cómo su compañera se repegó sobre sus caderas, ella se levantó de inmediato. Al querer decir algo ya tenía embarrado en los labios un poco de salmón, el cual fue retirado con la lengua de aquella mujer que había sido contagiada por la calentura de los presentes. Rosy sintió como  le erizaba la piel pero era algo que siempre había querido experimentar y besó a su compañera mientras la otra movía sus dedos que estaban aprisionados en la tanga morada y el vello púbico rubio de Rosy.
Mären y Petra no quisieron ser simples espectadores y se fueron a la casa de ella que estaba muy cerca de ahí, por supuesto sin antes pasar a comprar varias botellas de vino tinto y llevarse variedad de quesos y carnes pero sobre todo salmón. Llegaron, él sacó el sax, interpretó algunas melodías e hicieron el amor todo el fin de semana, como nunca lo habían hecho, ya que se imaginamos cómo pudieron haberse tocándo esas dos mujeres, y como nunca, quedó hastiada de tanto comer y beber, ¿de hacer el amor con él?, jamás me cansó.
¡No manches!, ¿cuántos pecados en un solo recuerdo?, ¿me eximirá de algunos de ellos si hago honor al tercer mandamiento?, formo parte del Patronato de fiestas de mi pueblo, además honro a mi madre. ¿Contará el día que me robé el gansito de la tienda de don Chencho y que además juré que no había sido cierto cuando me acusó con mi abuela?, ¡uta madre!, mejor ya le paro porque si llego al punto donde nos acostamos Bulmaro y yo que es el hijo de la hermana de mi padre.

martes, 10 de mayo de 2011

Alguien en la vida

—Un día como hoy hace 10 años que llegamos a México —les decía don Bruno a sus hijos—, y tú mijo ya eres todo un hombrecito. A tú edad yo y tú mamá ya te habíamos tenido, tú ¿Pa cuándo mi Toño?
—¡Oh!, pa, ¿cuál es tú prisa?, yo estoy bien —le respondió Antonio, el mayor de sus hijos, al cual nombraron así en honor a su bisabuelo materno.
—Si Bruno, no la chingues, para qué quieres casarlo, si apenas tiene 17 años, él tiene que retomar los estudios y ser mucho más que tú —le decía doña Buga, quien les prestó un pedazo de terreno para que vivieran ahí, Bruno, su mujer Josefa y sus cuatro chilpayates, Toño apenas tenía 7 años, Miguel, 5, Areli 3 y la más pequeña, Itzél, aún estaba en la panza de la madre—. Toño tiene que estudiar, comprarse un terreno y hacer su casa para que tenga qué ofrecerle a su mujer.
—Pero ¿Pa qué doña Buga?, si yo pude con cuatro hijos y vea ya hasta le terminé de pagar el terrino que me había prestado, y ya hasta comencé a construir mi casita. Además, ya en dos meses salen de la escuela mis otros hijos y nos vamos a ir al rancho a visitar a mi opa y mi oma, y se me van a echar encima porque ni mi Areli se ha casado. Me dicen que si no nos hubiéramos venido pa México no hubieran agarrado estas malas costumbres de los ricos, de querer estudiar y de hasta no casarse.
—Si Bruno, yo te entiendo, son costumbres de tu rancho, pero tú ya estás aquí, en la Ciudad de México, y tienes que aplicar el dicho de: “A donde fueres, haz lo que vieres”, y aquí tus hijos crecieron y conviven con otros niños, ven otras cosas y ellos quieren vivir de otra manera. A ellos ya no los engañas con pan y tortilla. Ve, Miguel dice que quiere estudiar arquitectura para que él diseñe las casas y tú las hagas y así tengas más trabajo, Areli quiere ser médico, Itzel aún está muy chica pero Toño, cuándo lo vas a dejar que continúe con sus estudios. No tanto decías que te chingabas para que tus hijos fueran mejor que tú, y ¿entonces?
—Pos si doñita, ya no me regañe, pero allá en el rancho cuando llego todos me ven como un ricachón de aquí. Desde que vamos entrando a la ranchería con los carros —tenía tres carros, un bocho, una camioneta RAM ya muy vieja y un gran marquis en las mismas condiciones que los anteriores, uno lo maneja él, otro Toño y el tercero su cuñado o uno de sus chalanes de la albañilería, porque él era maestro de obra—, y yo les toco el clacson, todos salen corriendo de sus jacales, chicos y grandes y luego con todos los regalos que les llevamos, bueno, con la ropa que ustedes nos dan,  la que ya no les queda pus me ven re bien. Y bueno, pa qué quiero más, no quiero ser ambicioso, aquí tengo mucho más que todos mis hermanos allá. Por eso le digo a Toño que si yo pude, él va a poder hacer otras cosas y si mis hijas se agarran buen marido…
Don Bruno seguía argumentando el por qué de su insistencia en casar a sus hijos, sin embargo, detrás de él estaban sus hijos con su madre Josefa y una de las hijas de doña Buga y Toño decía:
—Mi papá no entiende que no me voy a casar, ¿para qué ma?, ¿para comprar tres kilos de tortilla diario y llenarles la barriga así?, o, ¿para sacarlos de estudiar como lo hizo mi papá y llevarlos a trabajar a la obra de sol a sol?, no ma, yo no quiero eso.
—Si Josefa, deberías hablar tú con Bruno y convencerlo —le decía Rocío, la hija de doña Buga—.
—Pero es que ni entiende, es bien necio, y luego, si yo le digo a mi me pelea —respondió doña Josefa.
—Oh, ¿qué?, ¿no quieres tener una casa bien hecha?, ¿cómo las que él hace? —le decía Roció a Josefa mientras miraba insistentemente la casa de don Bruno—. ¿Desde cuándo no ha hecho mejoras a la vivienda?, no ha cambiado las láminas del techo y ya escurren, en un solo cuarto se duermen los seis. Las niñas ya están grandes y no pueden seguir durmiendo en el mismo lugar que sus hermanos. Si entiendo que Bruno se sienta bien y esté orgulloso con esto por las carencias que tuvieron ustedes en el rancho, pero tus hijos aquí también las tienen, y no van a poder salir adelante si no terminan de estudiar al menos una licenciatura.
—Si Chío, pero hazlo entender, te digo que es bien necio.
Doña Buga terminó la plática con don Bruno, se levantó de la silla que le habían regalado a Bruno en una de las casas que estaba trabajando, y se despidió, le siguió su hija.
Pasaron dos meses y llegó el momento de ir a visitar a su familia al rancho. Cargaron sólo dos carros, la camioneta y el gran marquís, el bocho lo dejaron porque no hubo quien lo manejara.
—¡Josefa!, ¡chamacos!, ya vámonos que se nos hace tarde.
—¡Ya vamos!, respondió Josefa.
Se subieron rápidamente a la camioneta, las niñas llevaban unas muñecas que su papá había comprado en el tianguis del pueblo a sólo $10.00, se las iban a regalar a sus primas.
Llegaron al rancho “Santiaguito”, se ubica cerca de Tlapa Guerrero. El camino estaba muy feo y peligroso, tenían que ir por una brecha que rodea la sierra y apenas y cabe la camioneta. Cuando los carros iban descendiendo a Santiaguito, hicieron sonar los clacson. Beep, beep, se escuchaba, a lo lejos, los padres de don Bruno al oir, se alegraron, no hacía falta salir y ver quién era, porque nadie más llegaba a visitar el rancho y mucho menos en carro.
Todos salieron corriendo a encontrar al hijo que se había ido de ahí hace diez años y que afortunadamente ya tenía un terreno y una casota como las que ellos una vez soñaron y además tenía hasta para llevar regalos a casi toda la familia.
Don Bruno bajó de la camioneta, abrazó a su padre y éste le dijo:
—Hijo mio, yo sabía que tú si ibas a ser alguien en la vida.

sábado, 7 de mayo de 2011

El que nunca volvió

Todas las noches en la casa de Petra se escuchaba un llanto.
—¡Otra vez ya está esa vieja loca cantando y emborrachándose con sus recuerdos!, ¿por qué no se larga de una vez por todas a buscar a ese músico al que tanto le ha llorado?— decía muy enojado y fastidiado don Nicolás porque desde hace casi 10 años tenía que aguantar lo mismo. No importaba si era lunes o martes, incluso si era el día de muertos o la fiesta del pueblo, Petra lloraba con tan solo escuchar alguna canción que aquel hombre le había cantado o tocado con su “Sax”.
Todos en el pueblo sabían que él había progresado y que jamás regresaría, si acaso lo haría sería para visitar a sus padres, pero no para verla a ella.
Petra vivía añorando esos días, incluso decía que no se arrepentía de haberle entregado su alma y pensamiento, que si él le hubiera pedido el corazón mismo en un frasco de formol para tenerlo en la repisa que sostienen los libros de algún biólogo, lo hubiera hecho. Pero no, él se fue y no le pidió ni la mano para despedirse.
Ella le prometió que lo esperaría al regreso de cada gira que hacía con su banda, no importaba si era hasta un año, ella siempre le prometió que al llegar al pueblo ella estaría dispuesta para atenderlo, pero no, él nunca volvió.
Ella se preguntaba una y otra vez qué había sucedido, no concebía como es que se había ido después de haberse amado con tanta intensidad y después de tantas promesas.
Petra sostenía en su mano izquierda la foto que se había tomado con él la última vez que lo vio y una de las rosas que le llevó esa noche, en la derecha la botella de vino y le decía a todo aquél  que se atontara y le prestara 5 minutos de su atención:
—Yo lo conozco desde que era joven, tenía unos 15 años cuando lo escuché por primera vez            —mantenía la mirada al frente como si se trasladara a ese tiempo—. Mi mamá trabajaba en la Casa del Arte y me mandaba a limpiar todas las tardes el salón de música para que cuando llegara el profesor Pessina con sus alumnos estuviera limpio y presentable, yo nunca dije que no, porque era la única oportunidad para poder ver al chico que tocaba el saxofón, él se percataba de mi mirada pero jamás volteó a verme. Una ocasión me sonrió porque se me calló la escoba e hice tremendo ruidero que me sonrojé porque interrumpí la sesión y mi mamá me pegó un gritote que se escuchó hasta el mercado grande. Después él y sus hermanos se fueron, porque ya tenían mejores oportunidades con una banda que conformaron junto con sus amigos a la que llamaron “La Gran Banda”.
Pasaron los años y no volví a  verlo hasta ese día, aquel 21 de abril del 2000, la Gran Banda se presentó en la clausura de la Flor más bella del Ejido. Me fui muy temprano para obtener un lugar al frente y si lo logré, incluso pude subir hasta el escenario y fue así como tuve el primer acercamiento con él. Faltaba una hora para que salieran a tocar y lo vi a lo lejos, me fui acercando y al mismo tiempo mis manos sudaban, mis piernas perdían fuerza, mi boca se secaba y mi corazón golpeaba como los caballos que golpean las trancas de su corral y que no les permite salir y galopar en el baldío. Llegué frente a él, lo miré a los ojos y le pedí que me permitiera retratarme  con él. Aceptó y le hizo señas a uno de sus compañeros para que nos la tomara. Lo abracé y me tomó de la cintura con la mano izquierda. Cuando nos separamos, sustraje una hoja de la bolsa de mi pantalón en la cual le decía que era aquella joven que todas las tardes iba a escucharlo a la Casa de Cultura, le decía lo deseosa que estaba por verlo y el gran amor que sentía desde ese tiempo, y por supuesto mis datos personales.
Él la agarró y la metió al bolso del lado derecho de su saco y me agradeció. —Gracias hermosa, después la leeré, en un momento salimos a escena y tenemos que preparar los instrumentos—. Se despidió y me dio la mano, yo me estiré un poco y le proporcioné un beso entre los labios y la mejilla, pegué demasiado mi cuerpo al grado de sentirlo.  Él sólo sonrió y se puso nervioso, aseguré que le había transmitido mi ansiedad al contacto con mis labios atrevidos y húmedos.
Salieron a escena y se escuchó el piano. Fue un concierto espectacular, aunque en realidad no puse demasiada atención en la música, en las luces y en la voz de Tania Torino. Yo sólo me enfoqué en los movimientos que hacía él y cómo tocaba su sax. Me imaginé lo grandioso que sería volar con él, y con ese movimiento de manos y de los dedos ¡¡¡uuuffff!!!!, ni hablar.
Terminó el concierto de clausura de la Fiesta de la flor, por un momento creí que voltearía a verme pero no fue así. Regresé a casa desilusionada y triste, me recosté, tomé la cámara y me quedé mirando durante varios minutos la foto que me tomé con él. En eso sonó el celular, lo agarré y vi que era un número desconocido, dudé en responder pero finalmente lo hice.
—¡Hola!
—¿Petra?
—Si, ¿quién habla?
—Soy yo, Orozco. 
—¡Hola!, pensé que no llamarías. Que no me recordarías.
—¿Cómo no lo iba a hacer?, aunque no lo creas siempre pienso en ti hermosa, nunca he dejado de hacerlo. ¿Te puedo ver?
—¡Claro!, Tú dime cuándo y a qué hora.
—¿Todavía vives en el pueblo?
—No, ya no, estoy viviendo cerca del centro de Xochimilco, si tienes tiempo te invito un café ahora —Ya no quiso esperar más y prefirió ser directa, no quería de nueva cuenta perder la oportunidad que había dejado hace algunos años.
—¡Por supuesto!, dame tú dirección y en 15 minutos estoy ahí, yo iba para la casa de mis padres.
Petra se levantó de un salto de su sillón, medio limpió la recámara, levantó la ropa que estaba tirada desde hace ya varios días, continuó en la sala, acomodó los libros que tenía en la barra de la cocina. Metió una botella de vino tinto al refrigerador, sacó las cerezas y las puso en un plato al igual que el queso manchego. Buscó el incienso con aroma a sándalo y lo prendió.
Ella intentó arreglarse un poco, se cepilló su cabelló recién cortado a causa de una de sus depresiones, se aplicó perfume y esperó. Pasó media hora, y no llegaba. Ya había iniciado una leve ansiedad, estaba desesperada, se decía y se repetía, por qué creíste que iba a venir a ti, si él seguramente está acostumbrado a tener a las mujeres más hermosas que jamás haya pensado y  tú jamás podrás competir con ellas. Pasaban los minutos y nada.
Se desesperó aún más y se levantó del sillón para poner un disco en el reproductor. Escogió uno que compró en el metro, “Grandes éxitos” por Edgar D.J., y sonó el celular nuevamente. Vio que era él, respiró profundo y dijo:
—¡Hola! —esperaba que la llamada fuera para que finalmente le dijera que no llegaría—.
—Hola hermosa una disculpa pero me retrasé un poco pero ya estoy afuera —Petra sintió un gran consuelo y le respondió:
—Ah!, está bien, en un momento salgo —corrió nuevamente al espejó del baño, se acomodó el cabello y salió a prisa. Efectivamente él estaba ahí, esperando, llevaba unas rosas en la mano. Petra lo invitó a pasar, él tomó su mano, se la llevó a los labios y la besó. Caminaron juntos, hombro a hombro, paso a paso.
Orozco vio en la barra el plato con cerezas y queso manchego, Petra le dijo que se sentara, él no hizo caso y la siguió, la abrazó por detrás, ella sólo sonrió. Sacó la botella de vino tinto, la descorchó y sirvió dos copas. Él dio el primer trago, lo saboreó y la besó intensamente, ella se escapó, tomó una cereza con un trozo de queso, se comió el queso y la cereza roja como sus días más difíciles la dejó en la punta de la lengua, la cual movía lentamente invitándolo a pasar, invitándolo a poseer lo que le pertenecía, lo que ella había decidió obsequiarle y él sin pensarlo lo tomó.
La besó intensamente, ella lo besó intensamente, se besaron intensamente. Retumbaron en el librero, en la pared, en la puerta hasta que pudieron llegar a la cama. Ella le desabotonó la camisa blanca, él sólo la miraba fijamente y respiraba cada vez más rápido, continuó con el pantalón acarició aquél animal a punto de devorar a su presa, lo besó, lo lamió.
Lo amó como a nadie, le hizo el amor como siempre lo había deseado. Lo acarició de la cabeza a los pies. Era tan excitante su aroma a macho que la mojaba, escurría cual llave pública de ranchería. Enfangó los dedos de los pies con los líquidos penetrantes de su sexo para después chuparlos e introducirlos en la vagina. Ella gemía como gata a media noche que se escapa por las azoteas para buscar el placer que sus dueños no le pueden proporcionar.
La levantó, la volvió a besar pero ella insistía en el encuentro con el rebosante acompañante de su amado. Él desistió y se dejó llevar por la sensación que le provocaba y sólo le decía que quería sentirla, quería estar dentro, sentir su calor húmedo. Golpear las paredes rosadas como se estrellan las olas entre los arrecifes, lanzar el líquido espumoso en la almeja babosa con olor a mediterráneo.
Ella levantó la cara, le dijo te amo y se abalanzó montándose en él como el cazador que monta a su dragón para demostrar su fuerza, para hacerlo suyo, se movió una y otra vez, se dejaba llevar por el cosquilleo doloroso que sientes al galopar sin la montadura.
Ella gritó si acaso tres veces “te amo, soy tuya, haz conmigo lo que quieras”. Los vecinos se alteraron porque nunca se habían escuchado esos ruidos en el departamento de la vecina. Él intento callarla con sus dedos provocando que ella los tomara con sus dientes y comenzó a succionarlos fuerte, muy fuerte. El pene se ponía más severo y altanero, hasta déspota se podría decir. Ella sintió como se contorsionaba el cuerpo de su compañero y le pidió que aquel líquido espumoso se lo regalara para beberlo, y así lo hizo. Ella estaba vuelta loca, parecía que había perdido la razón de tanto placer. Al terminar, se dejó caer en la cama y él a un lado de ella. Sus cuerpos bañados en sudor se combinaron creando un nuevo olor, su olor.
Se quedaron mirando fijamente y Petra cerró los ojos, quería dormir. Orozco le cantó:
—Amanecí otra vez entre tus brazos, y desperté llorando de alegría, te cobijé la cara con mis manos… —ella esbozó una leve sonrisa acompañado de un pequeño gemido que le provocó un gran orgasmo y le dijo:
—Después de cada gira aquí te estaré esperando, por favor no lo olvides —Cómo olvidarlo, después de cada viaje vendré a ti—.
Cuando Petra despertó, él ya no estaba, sólo la acompañaba Francisco Cespedes que le cantaba al oído “Tú por qué, la pregunta que siempre le ha dado sentido a la vida, no le encuentro contigo ninguna respuesta escondida, sin un por qué y fuiste mía, yo por qué tal vez soy lluvia que calma tú sed repetida… y me siento más solo que ayer cuando tú no eras nada…”, no entendía que había sucedido. Le llamó al celular y no respondió pero si le mandó un mensaje en el cual le decía que la amaba, y que regresaría a buscarla después de su gira por el sur de América.
—¿De verdad regresarás a buscarme? —le preguntó también por mensaje—.
—¡Por supuesto hermosa!, después de esto no podré vivir sin ti.
Pasaron los años y él nunca volvió. Y a partir de esa noche, Petra llora y recuerda cada momento desde el primer día que lo vio en el salón de música.

SU NUEVA AMIGUITA

I
La primera vez que Maya vio a su amiguita fue cuando iban a operarla para cerrarle un conducto arterial de su corazón de niña, rojo carmín como su color prismacolor, con sueños entre arcoiris y algodones azules azucarados.
            Era lunes, a mediados del mes de junio, cuando el sol calienta hasta los huesos y sobre todo el alma y la esperanza. Antes de salir de casa junto con sus padres, rumbo al hospital Siglo xxi, Mayita decidió ir a despedirse de sus muñecas y Bibi, un puerquito rosado que nombró así cuando apenas tenía un año seis meses de edad. Al llegar a la recámara encontró a la muñeca sentada en la sillita roja, a Bibi, en la azul y a una nueva amiga en la amarilla: los tres comían pastel de chocolate, preparado con el mejor lodo del jardín trasero de la casa, y pingüicas  de la vecina, que semejaban chispas de chocolate rojo.
Mayita se presentó con la nueva amiguita, le dio la bienvenida y a la vez se despidió de todos diciéndoles que se portaran bien, que ella regresaría pronto, que sólo se iba por unos días para que le cocieran su corazoncito que se había roto cuando cayó de la resbaladilla. En ese momento escuchó el grito de su padre: “¡Mayita!, ¡chaparrita!, apúrate que se nos hace tarde”. En ese instante Petra abrió la puerta y vio a su pequeña moviendo su manita derecha despidiéndose de sus muñecos. “Ya voy, mami, sólo vine a despedirme.” Salieron de la recámara, cerraron la puerta y dejaron atrás a los muñecos y a la nueva amiguita.
II
La operación fue un éxito y dos meses después los médicos dieron de alta a Mayita, quien no cabía de felicidad porque iba a regresar a la escuela e iba a ver a sus compañeritos de clase corriendo por todo el salón y, sobre todo, su gozo se debía a la visita inesperada de su nueva amiguita a  quien vio caminar por el pasillo. La miró a través del cristal que dividía el corredor y su cuarto de hospital, el cual habían decorado como si fuera su propia recámara. Cuando la internaron, a los dos días le llevaron la mesa roja con las cuatro sillas de colores, así como a Bibi y su muñeca, pero no a su nueva amiguita. Mayita le preguntó a su mamá por ella; Petra sólo frunció las cejas, torció un poco la boca y le dijo: “¡Ah!, lo que sucede es que no la vi, pero te traje a Bibi y a tu muñeca.” Mayita no quedó conforme y todas las noches al acostarse y rezar el ángel de la guarda, pedía por su nueva amiguita. Pero hoy era diferente, su amiguita había ido justo el día en que la habían dado de alta.
Se levantó de prisa de la cama, la cual tenía un edredón con la imagen de Lola de Plaza Sésamo; se calzó sus pantuflas de perrito (regalo de su tía Diana), con las nariz negra, los ojos a medio cerrar y las orejas cafés largas, largas, las cuales tenía que amarrar porque con ellas tropezaba; se acomodó la pijama de Blanca Nieves, se dirigió a la puerta; la abrió suavemente, cuidando que no rechinara como lloran los ratones que la acompañan de vez en cuando en sus sueños más divertidos; le hizo señas a su amiguita; ella corrió hacia el cuarto cuidando que nadie la viera y entró. Maya le agradeció que hubiera ido precisamente el día en que se iba ir a casa. Le dijo que se sentara en la sillita amarilla, ya que Bibi ocupaba la azul y la muñeca la roja, pues ellos también estaban invitados a tomar té de fresa con frambuesa y una rebanada de pastel de chocolate, pero esta vez sí era de verdad.
Mientras tanto, a través del cristal la cardióloga Ayala y la pediatra Betanzos observaban y comentaban que veían muy recuperada a Mayita, que incluso por primera vez jugaba con sus muñecos. Se alejaron de la ventana y fueron en busca de Carlos y Petra. Les confirmaron la mejoría de su hija, Los padres se abrazaron, brincaron y lloraron por la fortaleza de su hija: “¡Mayita es el mejor regalo de nuestra vida!”, dijeron al unísono.
III
Maya, su amiga, Bibi y su muñeca terminaron el té y la rebanada de pastel. Ella tenía que quitarse la pijama y ponerse el vestido rosa que parecía de pastel sabor fresa porque ya se iba ir a casa. Su amiga le dijo que tenía mucho sueño, que si podían dormir un rato antes de irse. Mayita asintió con la cabeza, se retiró los cabellos que le cayeron sobre la cara y caminó hacia la cama, quitó a los perritos que la habían acompañado durante su estancia en el hospital, subió a la cama y llamó a su amiguita para que se recostara a su lado. La cubrió con las cobijas y el edredón de Lola, cerraron los ojos y se quedó profundamente dormida a lado de su nueva amiguita.

H1N1

A diez años de la pandemia que sufrió México, el gobierno se percató de un error que se cometió en ese entonces. A pesar de no confiar en la vacuna que fue preparada en tan corto tiempo, miles de habitantes de la Ciudad de México fueron vacunados gratuitamente en el metro. Orozco fue uno de ellos, al igual que Petra y Bulmaro. Ellos tenían alrededor de dieciocho o veinte años de edad, ahora en este año cumplirán 30 más o menos. A pesar de haberse separado en la universidad Orozco se fue a la ENAH, Petra a la UAM-X y Bulmaro a Artes aún se hablaban o reunían de vez en cuando de vez en cuando.
Eran las dos de la mañana y sonó el teléfono de Petra, ella, por supuesto, estaba dormida y entre sueños alcanzó a escuchar el ring, ring. Sobresaltada contestó rápidamente, ya que los amigos y conocidos sabían perfectamente que no debían llamarle a esa hora, porque era muy aprensiva y se angustiaba de inmediato.
­­­­­—¡Bueno!, ¡bueno! —repetía constantemente; una voz casi imperceptible.
—Petra, soy yo, Orozco.
—¿Qué te pasa?, ¿por qué hablas así?
—No sé qué me sucede —respondió Orozco—. Tengo fiebre desde hace 3 horas.
Me siento fatigado, me duele la cabeza y el brazo derecho se me ha inflamado. Me siento muy mal, creo que voy a morir.
—No digas eso, voy para allá.
Petra tomó un abrigo y las llaves de su carro que colgaban de un clavo. Bajó las escaleras corriendo, abrió el auto y se dirigió a la casa de Orozco, como eran novios ella tenía llave del departamento, abrió y lo buscó.
—¡Orozco!, ¿dónde estás? —lo buscó en la recámara y no estaba, se dirigió al baño y tampoco lo encontró, corrió a la cocina y estaba tirado frente a la estufa, a un lado había una taza quebrada, era la taza del Museo Louvre que habían comprado en uno de sus viajes—. ¡Mi amor!, qué tienes, qué te pasó —tomó el celular y llamó a Urgencias, tardaron en contestar, trató de levantarlo pero no pudo.
—Por fin respondieron del otro lado.
—Urgencias, ¿qué le sucede?, ¿cuál es su dirección?
—Por favor, señorita, manden una ambulancia, mi novio está muy mal, no sé qué le sucede, tiene fiebre, dolor de cabeza, incluso tiene el brazo izquierdo morado y él no usa drogas.  —La operadora, le dijo que tuviera calma y que le diera la dirección. Se escuchó otra voz que preguntó:
—Rosita ¿qué sucede?
—¡Ay doctor!, al parecer es otro caso, igual al de los veinte pacientes que han llegado.
Petra lloraba sobre Orozco, él apenas  podía hablar.
 —No hables mi amor, todo va a estar bien, ya viene la ambulancia, le decía sollozando.
 —Llegó la ambulancia y se lo llevaron. Petra se subió con él. Lo metieron de inmediato a Urgencias mientras ella daba los datos generales de él.
Esperó mucho tiempo para que le dieran informes. Ya eran casi las diez de la mañana y sonó el celular, a través del identificador pudo ver que era Bulmaro.
—Hola.
—¿Cómo estás?
—Bien, gracias. Te llamo porque acabo de recibir una llamada de mi hermano Pedro que trabaja en la Cámara de Diputados y me dijo  que hay un problema con las personas que se vacunaron hace diez años contra la gripe porcina, y nosotros fuimos de esos, los tres nos vacunamos en la estación Pino Suárez, ¿lo recuerdas?
—¡Ay!, no me digas, precisamente estoy en el hospital porque Orozco se puso muy mal en la madrugada.
—¿En qué hospital están?, voy para allá.
Llegó al hospital GEA González en Tlalpan y buscó rápidamente a Petra, había mucha gente, todos con gesto de no entender qué sucedía. Por fin la encontró, estaba sentada en el piso, recargada en la pared desgastada por el tiempo y los usuarios. La levantó y la abrazó, ella se acurrucó en su pecho y lloró nuevamente.
Se dirigieron a un médico que en ese preciso momento salía y le preguntaron qué sucedía; él respondió:
—¡No pasa nada!, es un simple resfriado. —Bulmaro lo tomó de la bata y lo zangoloteó.
—¿Cómo me puede decir que es un simple resfriado, cuando saben perfectamente que hay complicaciones con la vacuna que nos aplicaron hace diez años en el metro, ésa, la H1N1! —la gente se levantó de sus asientos y se acercaron.
—¿Cómo?, ¿es cierto?—, yo me la apliqué también se oía por ahí.
—Mire mi brazo —Bulmaro se descubrió el brazo izquierdo y estaba morado e inflamado, el médico lo llevó de inmediato para adentro.
Los que se quedaron afuera no sabían qué sucedía, pero el ambiente comenzó a ponerse hostil. Adentro, Bulmaro se percató del gran número de infectados que ya habían llegado. Unos presentaban edema facial, hinchazón en la cara, muchos de ellos estaban deformes por la inflamación, incluso se podía percatar el parecido a los cerdos. Otros vomitaban en su mismo lugar, tenían diarrea y se inclinaban agarrándose el abdomen. Todo era un caos.
En la sala de juntas del hospital se encontraban reunidos los médicos más destacados del país, incluso estaba por llegar el Secretario de Salud.
—No sabemos qué está sucediendo, el gobierno no informa nada, todos los pacientes que nos están llegando son de Xochimilco —decía uno de los médicos. El director del hospital  se sentó y se llevó las manos a la cabeza.
—¡No puede ser! —decía en voz baja, sin embargo, alcanzaron a escuchar algunos doctores. —¿No puede ser qué, señor? —él levantó la cara y dijo:
—Lo que sucede es que en el historial que les estamos haciendo a cada unos de los infectados nos dicen que fueron vacunados en el metro contra el H1N1.
—¿Pero qué?, eso está causando éste nuevo problema? —dijo otro médico.
—Todo parece que es así, ya que cuando yo era residente en un hospital de Francia cuando sucedió lo de la pandemia aquí, en México, muchos médicos afirmaban que la aplicación masiva de una vacuna debe cumplir con un protocolo y, la que se estaba utilizado en México no cubría el tiempo mínimo d observación, incluso el Colegio de Enfermeros SNPI CFE-CGC, decía que una vacunación masiva contra un virus gripal relativamente benigno presenta riesgos, ya que se trata de una vacuna desarrollada demasiado rápido y con posibilidades de provocar enfermedades autoinmunes.
—¡Es cierto! —dijo el doctor Herrera—, ahora recuerdo que por órdenes del gobierno se prohibió informar a la gente que iba a ser vacunada de los riesgos que podía presentar al aplicársela.
—Y ¿cuáles eran esos riesgos? —preguntó el director.
—Pues entre los riesgos eran: diarrea, náuseas, vómitos, dolor abdominal, reacciones en el sitio local de la inyección, sofocaciones,  bochornos, escalofríos, fiebre, fatiga, astenia (sensación de debilidad y falta de vitalidad generalizada, tanto física como intelectual, que reduce la capacidad para trabajar e incluso realizar las tareas más sencillas), edema facial, trastornos del sistema inmunológico, reacciones de hipersensibilidad (incluida la garganta y / o edema de la boca), además, si observan, muchos de las personas que están internas están adquiriendo rasgos de los cerdos. Tienen los ojos redondos y pequeños, el color rosado y algunos son pintos y miren la nariz, y no se diga las orejas.
—¡Mmmmh!, habría que estudiarlos mejor antes de hacer conjeturas —después de decir esto, el director se levantó de su silla y se retiró. Al salir, se encontró con Petra.
—Doctor, disculpe, ¿cómo está mi novio y mi amigo?, no me han dicho nada, además quisiera mostrarle algo que me está pasando.
—¡Claro!, sígame, vamos a mi consultorio —entraron y le pidió que se sentara en la camilla.
—Pues mire, doctor, hace algunos días me di cuenta que tengo un retraso en mi periodo de aproximadamente dos meses y hace diez o quince minutos me percaté que mis senos  sufrieron un cambio, así, de pronto —se levantó la blusa y mostró unos senos un poco largos, además de presentar otros tantos sobre el abdomen.
—No es posible —dijo el director—, esto es increíble —tomó su teléfono celular y llamó; —Señor, está confirmado lo que se temía hace diez años. Debemos declarar como foco rojo la delegación Xochimilco, ahí han aparecido los primeros infectados.
Mientras tanto, en Los Pinos, el gabinete del Presidente citó a los dueños de las empresas de los medios de comunicación para que  hicieran una convocatoria a través de periódicos, televisión y radio. Solicitarían que las personas que fueron vacunadas hacía diez años en el metro contra el H1N1, se presentaran en el hospital de la Raza lo más pronto posible, porque tenían que aplicarles una vacuna más para reforzar. Incluso, si estaban fuera del país que se reportaran a las embajadas.
La población entera se alarmó y como era obvio se hacían preguntas, las cuales no conseguían una respuesta.
Mientras tanto en el hospital GEA González la situación empeoraba. Una enfermera que estaba atendiendo a un paciente se pinchó un dedo, a las dos horas inició con los síntomas, lo que permitió que se percataran que era contagioso.
Tuvieron que cerrar el hospital con doctores, intendentes, pacientes, familiares y todo ser vivo que se encontraba dentro del edificio.
Estados Unidos, el país vecino, informó a nivel mundial de lo sucedido y de la alarma. Mandó tropas alrededor de todo el país para que nadie saliera y esto no se extendiera.
Así fue como el país y su población entera tuvo que desaparecer.