A diez años de la pandemia que sufrió México, el gobierno se percató de un error que se cometió en ese entonces. A pesar de no confiar en la vacuna que fue preparada en tan corto tiempo, miles de habitantes de la Ciudad de México fueron vacunados gratuitamente en el metro. Orozco fue uno de ellos, al igual que Petra y Bulmaro. Ellos tenían alrededor de dieciocho o veinte años de edad, ahora en este año cumplirán 30 más o menos. A pesar de haberse separado en la universidad Orozco se fue a la ENAH, Petra a la UAM-X y Bulmaro a Artes aún se hablaban o reunían de vez en cuando de vez en cuando.
Eran las dos de la mañana y sonó el teléfono de Petra, ella, por supuesto, estaba dormida y entre sueños alcanzó a escuchar el ring, ring. Sobresaltada contestó rápidamente, ya que los amigos y conocidos sabían perfectamente que no debían llamarle a esa hora, porque era muy aprensiva y se angustiaba de inmediato.
—¡Bueno!, ¡bueno! —repetía constantemente; una voz casi imperceptible.
—Petra, soy yo, Orozco.
—¿Qué te pasa?, ¿por qué hablas así?
—No sé qué me sucede —respondió Orozco—. Tengo fiebre desde hace 3 horas.
Me siento fatigado, me duele la cabeza y el brazo derecho se me ha inflamado. Me siento muy mal, creo que voy a morir.
—No digas eso, voy para allá.
Petra tomó un abrigo y las llaves de su carro que colgaban de un clavo. Bajó las escaleras corriendo, abrió el auto y se dirigió a la casa de Orozco, como eran novios ella tenía llave del departamento, abrió y lo buscó.
—¡Orozco!, ¿dónde estás? —lo buscó en la recámara y no estaba, se dirigió al baño y tampoco lo encontró, corrió a la cocina y estaba tirado frente a la estufa, a un lado había una taza quebrada, era la taza del Museo Louvre que habían comprado en uno de sus viajes—. ¡Mi amor!, qué tienes, qué te pasó —tomó el celular y llamó a Urgencias, tardaron en contestar, trató de levantarlo pero no pudo.
—Por fin respondieron del otro lado.
—Urgencias, ¿qué le sucede?, ¿cuál es su dirección?
—Por favor, señorita, manden una ambulancia, mi novio está muy mal, no sé qué le sucede, tiene fiebre, dolor de cabeza, incluso tiene el brazo izquierdo morado y él no usa drogas. —La operadora, le dijo que tuviera calma y que le diera la dirección. Se escuchó otra voz que preguntó:
—Rosita ¿qué sucede?
—¡Ay doctor!, al parecer es otro caso, igual al de los veinte pacientes que han llegado.
Petra lloraba sobre Orozco, él apenas podía hablar.
—No hables mi amor, todo va a estar bien, ya viene la ambulancia, le decía sollozando.
—Llegó la ambulancia y se lo llevaron. Petra se subió con él. Lo metieron de inmediato a Urgencias mientras ella daba los datos generales de él.
Esperó mucho tiempo para que le dieran informes. Ya eran casi las diez de la mañana y sonó el celular, a través del identificador pudo ver que era Bulmaro.
—Hola.
—¿Cómo estás?
—Bien, gracias. Te llamo porque acabo de recibir una llamada de mi hermano Pedro que trabaja en la Cámara de Diputados y me dijo que hay un problema con las personas que se vacunaron hace diez años contra la gripe porcina, y nosotros fuimos de esos, los tres nos vacunamos en la estación Pino Suárez, ¿lo recuerdas?
—¡Ay!, no me digas, precisamente estoy en el hospital porque Orozco se puso muy mal en la madrugada.
—¿En qué hospital están?, voy para allá.
Llegó al hospital GEA González en Tlalpan y buscó rápidamente a Petra, había mucha gente, todos con gesto de no entender qué sucedía. Por fin la encontró, estaba sentada en el piso, recargada en la pared desgastada por el tiempo y los usuarios. La levantó y la abrazó, ella se acurrucó en su pecho y lloró nuevamente.
Se dirigieron a un médico que en ese preciso momento salía y le preguntaron qué sucedía; él respondió:
—¡No pasa nada!, es un simple resfriado. —Bulmaro lo tomó de la bata y lo zangoloteó.
—¿Cómo me puede decir que es un simple resfriado, cuando saben perfectamente que hay complicaciones con la vacuna que nos aplicaron hace diez años en el metro, ésa, la H1N1! —la gente se levantó de sus asientos y se acercaron.
—¿Cómo?, ¿es cierto?—, yo me la apliqué también se oía por ahí.
—Mire mi brazo —Bulmaro se descubrió el brazo izquierdo y estaba morado e inflamado, el médico lo llevó de inmediato para adentro.
Los que se quedaron afuera no sabían qué sucedía, pero el ambiente comenzó a ponerse hostil. Adentro, Bulmaro se percató del gran número de infectados que ya habían llegado. Unos presentaban edema facial, hinchazón en la cara, muchos de ellos estaban deformes por la inflamación, incluso se podía percatar el parecido a los cerdos. Otros vomitaban en su mismo lugar, tenían diarrea y se inclinaban agarrándose el abdomen. Todo era un caos.
En la sala de juntas del hospital se encontraban reunidos los médicos más destacados del país, incluso estaba por llegar el Secretario de Salud.
—No sabemos qué está sucediendo, el gobierno no informa nada, todos los pacientes que nos están llegando son de Xochimilco —decía uno de los médicos. El director del hospital se sentó y se llevó las manos a la cabeza.
—¡No puede ser! —decía en voz baja, sin embargo, alcanzaron a escuchar algunos doctores. —¿No puede ser qué, señor? —él levantó la cara y dijo:
—Lo que sucede es que en el historial que les estamos haciendo a cada unos de los infectados nos dicen que fueron vacunados en el metro contra el H1N1.
—¿Pero qué?, eso está causando éste nuevo problema? —dijo otro médico.
—Todo parece que es así, ya que cuando yo era residente en un hospital de Francia cuando sucedió lo de la pandemia aquí, en México, muchos médicos afirmaban que la aplicación masiva de una vacuna debe cumplir con un protocolo y, la que se estaba utilizado en México no cubría el tiempo mínimo d observación, incluso el Colegio de Enfermeros SNPI CFE-CGC, decía que una vacunación masiva contra un virus gripal relativamente benigno presenta riesgos, ya que se trata de una vacuna desarrollada demasiado rápido y con posibilidades de provocar enfermedades autoinmunes.
—¡Es cierto! —dijo el doctor Herrera—, ahora recuerdo que por órdenes del gobierno se prohibió informar a la gente que iba a ser vacunada de los riesgos que podía presentar al aplicársela.
—Y ¿cuáles eran esos riesgos? —preguntó el director.
—Pues entre los riesgos eran: diarrea, náuseas, vómitos, dolor abdominal, reacciones en el sitio local de la inyección, sofocaciones, bochornos, escalofríos, fiebre, fatiga, astenia (sensación de debilidad y falta de vitalidad generalizada, tanto física como intelectual, que reduce la capacidad para trabajar e incluso realizar las tareas más sencillas), edema facial, trastornos del sistema inmunológico, reacciones de hipersensibilidad (incluida la garganta y / o edema de la boca), además, si observan, muchos de las personas que están internas están adquiriendo rasgos de los cerdos. Tienen los ojos redondos y pequeños, el color rosado y algunos son pintos y miren la nariz, y no se diga las orejas.
—¡Mmmmh!, habría que estudiarlos mejor antes de hacer conjeturas —después de decir esto, el director se levantó de su silla y se retiró. Al salir, se encontró con Petra.
—Doctor, disculpe, ¿cómo está mi novio y mi amigo?, no me han dicho nada, además quisiera mostrarle algo que me está pasando.
—¡Claro!, sígame, vamos a mi consultorio —entraron y le pidió que se sentara en la camilla.
—Pues mire, doctor, hace algunos días me di cuenta que tengo un retraso en mi periodo de aproximadamente dos meses y hace diez o quince minutos me percaté que mis senos sufrieron un cambio, así, de pronto —se levantó la blusa y mostró unos senos un poco largos, además de presentar otros tantos sobre el abdomen.
—No es posible —dijo el director—, esto es increíble —tomó su teléfono celular y llamó; —Señor, está confirmado lo que se temía hace diez años. Debemos declarar como foco rojo la delegación Xochimilco, ahí han aparecido los primeros infectados.
Mientras tanto, en Los Pinos, el gabinete del Presidente citó a los dueños de las empresas de los medios de comunicación para que hicieran una convocatoria a través de periódicos, televisión y radio. Solicitarían que las personas que fueron vacunadas hacía diez años en el metro contra el H1N1, se presentaran en el hospital de la Raza lo más pronto posible, porque tenían que aplicarles una vacuna más para reforzar. Incluso, si estaban fuera del país que se reportaran a las embajadas.
La población entera se alarmó y como era obvio se hacían preguntas, las cuales no conseguían una respuesta.
Mientras tanto en el hospital GEA González la situación empeoraba. Una enfermera que estaba atendiendo a un paciente se pinchó un dedo, a las dos horas inició con los síntomas, lo que permitió que se percataran que era contagioso.
Tuvieron que cerrar el hospital con doctores, intendentes, pacientes, familiares y todo ser vivo que se encontraba dentro del edificio.
Estados Unidos, el país vecino, informó a nivel mundial de lo sucedido y de la alarma. Mandó tropas alrededor de todo el país para que nadie saliera y esto no se extendiera.
Así fue como el país y su población entera tuvo que desaparecer.