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sábado, 7 de mayo de 2011

Salí corriendo de casa.

Corría sobre la calle Bucareli hacia el metro Cuauhtémoc, cuando pasé a tu lado tú no te percataste de mi existencia. Tú con ese abrigo de paño negro que se puede comprar en cualquier tienda Parisina y que cubre tu cuerpo de sirena que baila entre las olas y corales del mar excitado por tu presencia, esas piernas firmes acompañadas por la cadencia de esa cadera ancha que atrae la mirada de hombres y mujeres que vas dejando atrás a cada paso que das con esos pequeños pies de gorrión recién salido del huevo.
Mi andar se hizo lento, y me detuve en la entrada del metro de la línea rosa, pasaste junto a mí, me empujaste y sin que te dieras cuenta de mi espera te miraba con mis ojos redondos de pollo que mira a la lombriz que sale de la tierra húmeda y olorosa, observaba cada uno de tus movimientos. Esperaba el momento adecuado para acercarme y preguntar por tu nombre; sin embargo, pudo más mi inseguridad de colegial y de primerizo en todo lo que te puedas imaginar.
Me paré a tu lado, una vez más no me tomaste en cuenta, era un usuario más de esa línea tan concurrida, estábamos sobre el andén en dirección a Observatorio, después de mi fracaso como hombre que quiere romper las cadenas que su madre le ha puesto no tuve más que sacar mi libro de Cortázar, sí, Julio Cortázar, Rayuela, y me dispuse a continuar la lectura que había interrumpido la noche anterior.
De pronto una voz gruesa y fría como el invierno interrumpió mi lectura, volteé la mirada hacia la voz helada y ronca y vi que eras tú, a la que había observado durante meses. Me dijiste que el libro era muy bueno y que te identificabas con la Maga, ya que ella era sabia, a pesar de opinar lo contrario su antigua pareja, quien decía que era una ignorante.
Abordamos el metro, charlamos sobre literatura, música, cine y teatro. En la estación Chapultepec me dijiste que en la siguiente parada bajarías pero que te gustaría volver a verme, anotaste tu nombre y número telefónico en un boleto del metro que sacaste de tu cartera perfumada. Te retiraste y nuevamente mis ojos se clavaron en ti, ahora ya no eran tus caderas las que atraían mi atención, sino la sensación en el estómago que revoloteaban mariposas, cucarachas y cualquier insecto y ave que existiera en el planeta, tu sonrisa, tu voz y tu aliento.
Como cada mañana te sigo observando y no dejo que tu amor vague en la frialdad de los túneles de esta ciudad, no dejo que tu presencia se pierda entre la muchedumbre de la mañana, no quiero perderte y sin darme cuenta llorar por ti, tampoco quiero que tus labios rojos e hidratados se sequen al contacto con los míos y por eso y por mucho más todos los días mi mirada te sigue y cuida el boleto del metro con tu nombre y número telefónico.

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