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Todas las noches en la casa de Petra se escuchaba un llanto. —¡Otra vez ya está esa vieja loca cantando y emborrachándose con sus recuerdos!...
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lunes, 20 de febrero de 2012
sábado, 17 de diciembre de 2011
La Cita
Es domingo, y como todos esos días te despiertas casi a medio día con la resaca del alcohol y la mariguana que compartieron tú y tus amigas en la fiesta de la Gladys, apenas y puedes incorporarte, todo te da vueltas como cuando te subes a la rueda de la fortuna que traen en la fiesta del Santo Patrono de San Gregorio, incluyendo las luces de colores que lo adornan, figurando un arbolito de navidad.
Te quedas mirando al techo esperando que alguien te extendiera la mano y te ofrezca unos ricos chilaquiles picosos, iguales a los que te comes en la casa del Yeyín.
Cierras los ojos y tratas de dormir nuevamente, te levantas de un salto y tus pies caen sobre el tapete de Pocahontas que te compraste en Las Torres por sólo veinte pesos, miras hacia el reloj que tienes en la pared manchada como la vida oxidada que llevas. Te metes a la regadera de inmediato, el agua está helada, pero ayuda para recuperar el color de tu piel morena semejante al barro de Oaxaca y, sobre todo, para mantener firme tu escultural cuerpo, caderas anchas que despejan tu andar, con el vientre plano que te dirigen a curvas peligrosas por donde quieras irte, el cuerpo que atrae las miradas de hombres y mujeres cuando caminas por la calle.
Sales de prisa, te envuelves en la toalla que robaste del último hotel al que fuiste con Orozco, con otra secas tu cabello teñido, amarillo como el color de tu equipo de futbol favorito, parecido a los rayos del sol que acarician tus piernas que asoleas en tu azotea. Por segunda ocasión vuelves a ver el reloj y la mancha que asemeja la imagen de un anciano sonriendo. Te paras frente al espejo del tocador, abres el primer cajón y sacas la cuchara cafetera con la cual te enchinas las pestañas. El dedo pulgar lo colocas debajo de las pestañas del ojo derecho y frotas la orilla de la cuchara contra aquellas que protegen a las niñas que más cuidas. Las maquillas con el rímel de la manzanita, el de aguacate con aceite de oliva para que crezcan y se enchinen más, te pusiste un poco de colorete en las mejillas y a través del espejo volviste a mirar el reloj por tercera ocasión.
Tu estomago sufrió una contracción, parecido a un golpe proporcionado por Julio César Chávez Jr., el dolor se desplazó hacia las piernas, el pecho y los brazos, tu respiración se aceleró como el de un búfalo en brama, tus manos sudaron, al grado de tener que secarlas con la bata de baño rosa como la vida misma, el reloj marcaba las 14 horas con 15 minutos. Delineaste el contorno de tus ojos oscuros y redondos de pollo que mira a la lombriz que asoma la cabeza sobre la tierra húmeda, aplicaste el labial de la marca jordana color rojo salvaje, ese, el que no se corre al besar. Al aplicarlo te imaginaste unos labios húmedos y calientes, listos para emprender el ataque.
Abriste el ropero y te quedaste más de dos minutos parada frente a la ropa que colgaba de los ganchos pensando qué te pondrías para esta ocasión, volviste a mirar el reloj por quinta vez, sacaste un vestido naranja, escotado y abierto de ambos lados de las piernas, el cual compraste en el puesto del hippie que vende frente al deportivo y que te hizo una rebaja esperando un sí a su propuesta de salir un día, te lo pusiste sobre tu cuerpo desnudo y sentiste la frescura de la tela, como las caricias de los pétalos de rosa de seda, suave y excitante, te estremeciste y sentiste un revolotear de cucarachas por todo tu cuerpo, cucarachas con patas rasposas y panza lisa. Volteaste a ver por sexta ocasión el reloj pero esta vez la humedad expresaba la imagen de un niño llorando. Caminaste por la recámara, la sala y el comedor, diste dos o tres vueltas a la estancia y la sudoración y nerviosismo no cesaban, terminaste por recostarte en la cama, todo te daba vueltas, la resaca de la marihuana y el alcohol no te permitían levantarte.
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En algún momento sucede...
El aparecido en la plaza
—!Orozco!, ya no tomes —Petra le decía a su novio, mientras intentaba quitarle la botella de la boca.
—¡Oh!, pérate chaparrita, ¿no ves que me haces quedar mal con mis amigos?
—A mí que me importa, yo lo que quiero es irme, te he dicho muchas veces que me da miedo cruzar la plaza del pueblo a esta hora, porque chilla el muerto.
—ja, ja, ja, ja —se escucharon varias risas.
—¿El muerto?, ¿cuál muerto? —dijo alguien por ahí.
—Pues al que mataron en la plaza hace muchos años, ¿no saben de esa historia?, mi abuela me la contó cuando era una niña, y eso porque una vez oí chillar al muerto, la piel se me puso chinita, chinita como de gallina, por ésta —se llevó la mano derecha a la boca, simulando una cruz con sus dedos, el pulgar y el índice.
—¡Es cierto, yo también lo he escuchado! —dijo Rosita— pero dicen que si lo escuchas cerca es que está lejos, y si lo escuchas lejos es porque está cerca de ti.
—Haber cuéntanos la historia ésa Petrita, que yo no la conozco —dijo Bulmaro.
—No empieces con tus cosas mi chaparrita, luego ya ni van a querer irse de mi casa pa no pasar por ahí —le decía Orozco a Petra mientras la abrazaba y la jalaba hacia la salida.
—Espérame, porque estos brutos se rieron de mi, ahora les cuento pa que les de miedo y no se anden burlando de la gente.
—Pues mi abuela me contó que hace muchos, muchos años, un muchacho vino a jugar cartas a la tienda del Portal, donde ahora está el sastre —les decía Petra— ahí, jugaban los señores cuando llegaban de trabajar en la chinanpa, en las trajineras, en el bosque o sembrando sus tierritas. El muchacho era de Xaltocan y alguien lo invitó y se puso a jugar, pero perdió todo lo que traía y quedó a deber. Como ya estaban tomados, se lo llevaron hacia el kiosco, donde estaba la fuente, ¿la recuerdan?
—No pero mi mamá me ha platicado que había una llave donde todos tomaban el agua de ahí —respondió Rosita.
—Bueno, pues se lo llevaron y dicen que lo golpearon y que el chavo pedía ayuda, pero que nadie se atrevió a salir. Sino que al día siguiente lo vieron tirado junto a la fuente, y ya estaba muerto. Un vecino saco una manta y lo tapó. Dicen que uno de los que lo mataron fue… —no terminó de decir y guardó silencio. Orozco le dijo que continuara.
—Pues díselo, además él no fue —nadie decía nada. Hizo una mueca, se rascó la cabeza con los dedos de la mano derecha y prosiguió.
—Pues dicen que fue tu bisabuelo, el señor Medina, incluso se lo llevaron a las Islas Marías, allá donde se filmó una película de Pedro Infante, también dicen que sale de extra en esa película —le dijo a Bulmaro. Él sólo abrió más los ojos y levantó las cejas.
—¡Ah, no ma!, no lo sabía. Bueno, de la película sí, pero mi abuela me decía que porque era actor, que por eso salió ahí, pero de eso no sabía nada y creo que nadie de mi familia lo sabe.
—Se hacen pendejos, que no quieren decir por vergüenza es otra cosa, pero si todo los dicen
—dijo Orozco.
—Bueno, ¡ya, ya!, déjenme seguirles contando —les dijo a todos—. En qué iba… ¡ah!, ya recuerdo. Y que le avisaron a sus familiares y vinieron por el cuerpo, pero que todos los días durante mucho tiempo la mamá del muchacho lloraba en la fuente y que les gritaba reclamos y aventaba piedras a los habitantes que pasaban por ahí, porque nadie se había atrevido a ayudar a su hijo y que por eso se había muerto. Y que poco tiempo después se empezó a escuchar el chillido del muerto en la plaza del pueblo. Pero que si lo escuchas y le dices groserías como: ¡vete a chingar a tú madre!, o cosas así, dejas de escucharlo”.
—¡Ay, manita!, ya me dio mucho miedo —dijo Rosita— y ahora, ¿cómo nos vamos a ir?
—No me vas a decir que crees todo eso, si sólo son cuentos de la gente —le dijo Orozco riéndose y burlándose.
Petra se despidió de todos y les dijo que ya tenía que irse porque sino su mamá la iba a regañar porque ya era muy noche. Los demás se levantaron de las sillas y dijeron que también se iban. Orozco acompañó a Petra hasta su casa, ella vivía en la carretera vieja a Tulyehualco y los demás en San Jerónimo, por lo que forzosamente tenían que atravesar la plaza.
Iban caminando, riéndose y empujándose en el camino a casa. Atravesaron por el lugar que en esa noche se mencionó tanto y Orozco dijo:
—Ya ven, no hay nada, son puros cuentos —se rieron y continuaron.
Cuando iban a travesando la calle de los lavaderos oyeron un quejido muy fuerte, un quejido que parece aullido de perro pero como si también se quejara una mujer. Fue un sonido horrible que hizo que los jóvenes voltearan a mirarse y sintieran que los cabellos y bellos de todo su cuerpo se erizaran, y la piel se enchinara del miedo. Corrieron sin saber a dónde ir.
Agradecimiento
Sentada en un sillón ejecutivo color rojo, Petra se encontraba llenando una solicitud de donación de hombres para las mujeres necesitadas de uno de ellos. Le pedían referencias y motivo de dicha donación, Petra tenía muchos y no sabía por cuál de ellos comenzar.
—¿Comienzo por lo más reciente…, por lo que lo caracteriza particularmente… por lo bueno que es en la cama…?, ¿por dónde será mejor?.
Petra divagaba, no sabía qué escribir. Inició llenando los datos personales. Nombre: Petra Cabazos; Edad: 32 años; Domicilio: Zacapan, Xochimilco; Referencias: Dorotea Jiménez y Gumersinda González; Años de conocer al donado: 14 años; motivos (de ninguna manera se permitirá falso testimonio y que la donación sea para causar daño a las mujeres que están necesitadas de un macho):
—Uno de los motivos por el cual estoy dispuesta a donar al gran hombre con el cual he estado durante 14 años es porque es un macho en la cama, es un toro, un potro indomable que deja satisfecha a su hembra y que hace lo necesario para que una como mujer quede llena y la hace sentir que es la mejor amante, ¡sí!, él es así. Aún recuerdo aquél día que llegué más temprano que de costumbre al taller en el cual trabajaba, salí temprano de la oficina y ya me andaba por llegar a su lado para poder estar cerquita de él. Quería darle una sorpresita y la sorpresa me la dio él, pues yo llegué, abrí la puerta y alcancé a escuchar que Fito Paez estaba entonando una canción, estaba un poco fuerte la música, tal vez por eso no se percató de mi arribo al lugar. Llegué a la puerta del estudio y estaban desnudos su modelo y él, tirados en el sillón, ella gemía inconsolable, ¡claro!, no se puede esperar menos de mi Gumaro. En el momento pensé en retirarme sin hacer ruido porque él se enoja que lo interrumpa cuando está entrando en ambiente con las chicas con las que él trabaja, porque me dice que es muy difícil desnudarse frente a un hombre desconocido y por supuesto qué el debe hacerlas sentir en confianza. No me retiré y le hablé.
—¡Gumaro!—, la chica se exaltó y se puso roja como un jitomate. Él se levantó y me jaló a la recámara. —¿Por qué me haces esto?, ¿acaso yo voy a buscarte a tú oficina para espiarte?, —¡No amor!, lo que pasa es que quería darte una sorpresa, discúlpame por favor.
Me salí de inmediato de ahí y no sé por qué razón yo lloré inconsolablemente. Me dolía el pecho y me faltaba el aire, intenté dormir y no podía. Hasta que dieron como las dos de la mañana y él llegó, abrió cuidadosamente la puerta y entró al cuarto y me dio un beso en los labios, se percató que estaba llorando y me volvió a besar intensamente, me volvió a explicar por qué tenía que hacer eso con la modelo y que me iba a mostrar algo que ella le había enseñado. Esa noche me hizo el sexo oral como nunca, tuve seis orgasmos seguidos sólo con su lengua. Pobre chavita, y yo que la espanté por haber aparecido así porque si y ella hasta le enseñó esto a mi Gumaro para que me tuviera contenta.
Otro motivo que tengo para que una mujer necesitada de un macho como el mío lo elija a él es porque nunca me deja sola. Incluso cuando había quedado de ir a tomar un café con Dorotea yo lo bronquee porque a mí nunca me invita a un café o al cine y a sus amigas sí. Ese día, me entendió y me llevó a tomar el café con Dorotea y él, fue tan padre estar los tres juntos en la misma mesa, incluso hasta me dio algunos consejos de cómo tratarlo mejor en la cama y me dijo lo mucho que a él le gustaba que le dieran un masaje después del encuentro amoroso, yo me sorprendí y le di las gracias porque en 14 años que duré con él nunca me había dicho que le gustara eso, y ahora cada vez que estamos juntos termino con un masajito y queda retecontento mi Gumaro.
Así como esas experiencias tengo muchas como muestra de lo buena gente que es mi Gumaro, de todo lo que él aprendía con sus modelos y sus amigas que iba conociendo cada vez que se iba al “Aztecas”, un tugurio que está en Salto del Agua, con esas señoritas, aprendía un montón y el pobre tenía que pagar para entonces así llegar conmigo y tenerme satisfecha, porque tenía miedo de no complacerme y me fuera con otro. ¡Ay mi Gumaro!, tantos sacrificios que hizo por mí y yo le pague requetemal.
Uno de esos días que mi Gumaro se fue a Cancún con una de sus alumnas, ¡sí!, con Gumersinda, la niña de 17 años que no conocía el mar, se fue con ella porque la pobrecita nunca había ido en su infancia y él me dijo que teníamos que ocupar el dinero ahorrado para que ella lo conociera porque sino su autoestima iba a valer madres y a esa edad las niñas hacen tonterías y quién mejor que él para enseñarle el mundo. En un principio no me pareció porque esta vez no me iba a llevar pero me explicó que ella podía intimidarse y no iba a disfrutar plenamente de la arena y el mar y pues qué razón tenía mi Gumaro. Pues ese día que él se fue no sé por qué yo estaba llorando por los rincones de la oficina y se me acercó un compañero del trabajo que tiene aproximadamente 26 años o 24, algo así. Se me acercó y me preguntó que si me podía ayudar en algo, yo le dije que estaba triste porque mi marido había salido de viaje y que me había quedado sola en casa. Él para demostrarme su agradecimiento porque le he ayudado mucho en las dudas que se le han presentado en la estadística cualitativa me invitó a comer y pues a mí no me gusta comer sola y acepté. Nos fuimos a comer al Gante café, charlamos mucho y como eso de las siete de la noche comenzó a tocar un grupo de rock mexicano y pedimos unas yardas. Imagínense cómo terminamos. Terminamos en un hotel sobre Tlalpan y gracias a la bondad de mi Gumaro que se ha estado sacrificando por mí, el chico de apenas veintitantos años quedó satisfecho y contento, así pude darme cuenta que tenía mis encantos. Yo me siento muy mal, porque el nuevo trabajo que tengo me da más satisfacciones económicas, emocionales y de seguridad en todos los sentidos, tanto que mi Gumaro no aceptó este cambio y la verdad, tuve que dejarlo porque a mis clientes no les gustaba que se presentará cuando estaba haciendo mi trabajo y aplicando todo aquello que aquellas chicas modelos, alumnas, exalumnas, le enseñaron para que nuestro matrimonio nunca fracasara. Es por eso que vengo a donar a este Banco de Donacion de Machos a mi Gumaro, para que otra disfrute de todos esos sacrificios y aprenda de todo ello como yo.
Pecados culinarios
Todos los días durante la mañana, a medio día, en las tardes y sobre todo en las noches cuando ya todos dormían ella lo intentaba una y otra vez y nada. Las herramientas que utilizaba eran de todos los tamaños colores y texturas y tampoco funcionaban. Buscaba consuelo con los chicos de todos los barrios y colonias cercanas, incluso algunas ocasiones cruzó fronteras y lo intentaba con los turistas que venían al embarcadero o al bosque a pasear en caballo y ni así lo lograba. Estaba desesperada, ya no sabía qué hacer.
Por un momento creyó que tal vez a sus 38 años se había dado cuenta que en realidad ya no le gustaban los hombres o cuál sería la razón por la que ya no encontraba placer en ellos.
Llevaba casi 5 años sin haber disfrutado realmente del sexo con alguien, ni su mano le daba el placer que le otorgaba a sus 30 años cuando no quería saber más del sexo opuesto. Sus juguetes que la sacaban de los apuros cuando veía las películas de Tabú que tanto le gustaban ya no le bastaban para obtener el éxtasis que la relajaba.
Hasta que un día, un amigo le hizo una llamada casi de madrugada. —Petra, ¿por qué no te vienes para la milpa alta?, vienen unos amigos de Argentina y quiero que te conozcan, nos echamos unos curaditos y comemos rico en la casa—, Petra que no tenía más planes para ese día accedió y se fue a los altos del sur de la ciudad. A ella en realidad nunca se le había antojado probar el pulque, le habían dicho que se sentía muy baboso y que además era muy apestoso pero al no ver más que eso le dio el primer trago a su curado de jitomate. —¡Mmmmmhhhh!, ¡delicioso! —, comenzó a sentir un hormigueo que le recorría todo el cuerpo pero que iniciaba debajo de su vientre, ella creyó que era porque ya le había pegado el pulque. Cuando Silver le sirvió la carne asada con nopales, cebollitas cambray y longaniza deleitó la comida como si nunca la hubiera probado, como si fuera un manjar prohibido y que estaba a punto de disfrutar. Dio el primer bocado y sintió como el sabor le recorría todo el cuerpo, cada una de sus extremidades hasta llegar a su sexo, sólo apretó las piernas y volvió a sentir nuevamente el placer tanto añorado. Se humedeció por primera vez en muchos años. Creyó que era el efecto del pulque.
Al día siguiente fue la fiesta de su pueblo, Santa Natividad. Fue invitada a comer a la casa del Mayordomo. Las mesas principales ya estaban ocupadas, sólo quedaba una libre y que era la que estaba cerca de donde habían armado el castillo. Estaba retirada de la gente, ella lo prefirió así y se sentó sola. Minutos después llegó un vecino y se sentó en la misma mesa, era el “Momo”, con él jugaba futbol cuando eran niños y siempre lo había despreciado. El menú era mole rojo con carne de pollo acompañado con arroz y de beber agua de Jamaica y tequila pal desempance. Dio el primer bocado. Se saboreó el mole que le había quedado en los labios, cerró los ojos al mismo tiempo y de nueva cuenta sintió la humedad entre sus piernas, se estremeció. El “Momo” que no había desviado su mirada ni un momento sobre ella se dio cuenta de los gestos de placer que su bella vecina hacía al probar cada cucharada de la comida y él sintió el calor que le recorría todo el cuerpo. Ella se retiró el guarache que llevaba puesto y comenzó a acariciar la pierna de su vecino con su pie delgado y pequeño. Sin pensarlo se metió debajo de la mesa y jaló hacia ella al “Momo” que ya no era tan despreciado en ese momento. Sólo se levantó la falda larga de Michoacán y se empinó, él buen muchacho sólo obedeció a sus instintos animales, al ver a la hembra en posición idónea. Después del acto, Petra se salió de la mayordomía y se fue a su casa. En su recamara a solas, ella se preguntaba una y otra vez si acaso de tanto ver la película “Como agua para chocolate” se le había cumplido su deseo de sentir pasión con la comida. —Tendré que conseguir pétalos de rosas rojas y codorniz para guisar un buen platillo— pensaba en la película, por supuesto que sólo se reía de su experiencia, pero qué importaba que hubiera sido debajo de la mesa y con el “Momo” si después de todo no estaba tan feo y además había regresado el placer a su vida.
Lo realmente preocupante comenzó cuando no sólo era con el pulque, la longaniza o el mole, sino hasta con los tamales que vendía la señora Gudelia en la Juárez y además tenía que llevar en su morral una buena porción de comida a sus encuentros amorosos y sexosos, para así poder disfrutar de la pasión que los hombres no eran capaces de ofrecerle por ellos mismos. Cuando comenzaban con el ritual del besito en el cuello, las caricias suaves ella tenía que decir: —permíteme un momento— sacaba su itacate y degustaba del mole verde o de las tapas españolas o una pasta italiana y según fuera el platillo era la bebida que lo acompañaba, podía ser un pulque de la Huichapan, pasando por un tequila o vodka hasta vino tinto, según el manjar que ella llevaba a ese encuentro.
Los hombres no entendían por qué hacía eso pero no les importaba ya que Petra era otra mujer completamente desinhibida, se dejaba hacer lo que ellos quisieran y por supuesto les hacía hasta lo que ellos nunca se habían imaginado. Tenía no un orgasmo, tenía hasta 10 orgasmos seguidos, siempre y cuando no le hiciera falta su ración culinaria.
Un buen día conoció a Mären, ella estaba comprando discos en Mixup de Coapa y lo vio ahí, parado frente a la sección de Jazz, todo se le removió, fue amor a primera vista. No fue difícil que él volteara a verla, porque ella utilizó todas las estrategias para que se fijara en su presencia. Ese mismo día fueron a tomar unas cervezas al centro de Tlalpan, se la pasaron muy bien, se rieron, bromearon, parecía como si se conocieran de hace mucho tiempo. Se miraron fijamente a los ojos y supieron que no podían esperar más, se levantaron y él sólo le preguntó: —¿a dónde vamos?— ella respondió —a donde tú quieras—.
Llegaron al lugar donde todos los amantes ocultos hacen su guarida. Se besaron apasionadamente, con muchas ganas, muchos deseos, pero… Petra recordó que no llevaba comida alguna y no sabía qué hacer. Aquél hombre le gustaba demasiado para perder la oportunidad de tenerlo entre sus piernas. Se estreso y comenzaba a no disfrutar de ese encuentro. Él hacía lo suyo, la besaba, la acariciaba y lo único que podía hacer ella era hacer qué él disfrutara y así fue. Ella no tendría en esa ocasión el placer del encuentro y no sabía si volvería a verlo —¡maldita gula!—, no poder mojarse y excitarse sino no había comida en su boca. Se dejó llevar, él seguía en lo suyo, ella fingía y cada que podía sin que él se diera cuenta se ensalivaba los dedos y se los llevaba a su vagina para que no se percatara de la sequedad de sus labios.
Todo siguió su curso, buscaba en el cuarto aunque fuera un dulce pequeñito, un trago de vino o agua natural haber si eso le podía ayudar, aunque en esos momentos pensaba en un mole negro o tal vez unas enchiladas verdes. Se dio por vencida. No iba a poder. Se levantó y ella comenzó a besarle los pies, las pantorrillas, las piernas, las nalgas, las axilas, los rincones que jamás le habían besado. Bebió de su sudor y eso la activó. Su sudor no era salado, sabía a él, tenía un sabor dulce, tampoco sabía a loción, lo limpió y enjugó con su lengua. Sólo sentía cómo se le enchinaba la piel y se mojaba. Se volteó y le pidió que se lo metiera por donde nunca nadie había estado, por donde nunca nadie había penetrado, él obedeció. Se escuchó un aullido muy fuerte y desgarrador, pero no, no fue así, ella lo disfrutó plenamente. Desde ese día ya tenía dos formas de disfrutar del sexo y su único pecado era el Pecado Culinario.
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