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sábado, 7 de mayo de 2011

Cuentas pendientes

Tú nunca me valoraste, nunca valoraste todo el amor que tenía para ti. Tu mirada siempre era para otra mujer y no para la que tenías a tu lado y que era una gran mujer.
Aún recuerdo cómo desde el primer momento iniciaron las agresiones físicas y psicológicas. Ja, ja, ja, ahora en los comerciales de Televisa lo veo. Cuando me celabas pensaba que era porque me querías y que lo hacías porque te importaba y te molestaba que volteara a verme alguien más, me decías que yo siempre iba a ser tuya mientras nos revolcábamos en la cama con toda la pasión y energía que teníamos, tú tenías 24 años, yo, apenas cumplía los 18. Recuerdo que me tomabas del cabello y me jalabas hacia atrás, pegabas tú cara contra la mía, me mirabas fijamente, siempre serás mía, recuérdalo. Yo me emocionaba, y por supuesto la excitación era mayor.
Cuantas mujeres vi en el taller de pintura, ese taller que era nuestro, bueno, eso creía yo. Ahí pasábamos días enteros. Me gustaba verte pintar. Tú parado frente al cancel observando los colores que plasmabas en tu obra, yo, sentada en el sillón, admirando al hombre del cual me había enamorado perdidamente. Después de un rato de estar pintando, dejabas los pinceles y te ibas a sentar a mi lado, me besabas, me tomabas en tus brazos y nos íbamos a la recámara que habías ocupado en la infancia, esa recámara que fue testigo de muchos encuentros y no precisamente conmigo.
En ese lugar tuve mi primer crisis, ¿lo recuerdas?, yo sí, perfectamente. Fue después de que aventaste mi ropa hacia las escaleras mientras me gritabas que era una perra que solo servía para coger, que no valía nada. Te saliste y me dejaste ahí. Afuera estaban tus amigos, uno de ellos se compadeció de mí, tomó la ropa y me la entregó por la ventana, él cerró los ojos para no verme. Me vestí y con la dignidad por el suelo me retiré. Llegué a casa y lo único que hice fue llorar, gritar, golpearme y repetirme que no era más que una perra. Ahí comenzó todo. Llegué al psiquiátrico meses después.
Así como eso puedo recordarte muchas cosas más, golpes, maltratos, humillaciones, todo lo permití y me justificaba para no aceptar que estaba mal. Hoy, soy otra mujer, ya no tengo miedo, ya no permití que me golpearas, ni mucho menos que me humillaras, hoy soy otra.
Se escuchaban los reclamos de Petra en contra de Orozco. La gente que pasaba frente a su casa solo volteaba sin saber qué sucedía dentro del hogar de esa pareja que había creado muchos conflictos al interior de sus familias, sobre todo al interior de todo un pueblo. Los habitantes los condenaba cuando los veían pasear por las calles sin importarles nada, Las abuelas les decían ¡Pecadores, deberían quemarlos en la hoguera!, ellos se reían ante los comentarios, incluso se besaban delante de todos.
Los gritos y aullidos continuaban, ella era la única que lo hacía. Ya habían pasado más de tres horas y se oían los mismos reclamos. Finalmente alguien no aguantó la curiosidad de lo que sucedía dentro de la casa de Petra y Orozco y se asomó por la ventana sin cuidado alguno. Pudo ver a la mujer tirada sobre su hombre, él estaba sobre un charco de sangre y ella con un cuchillo en la mano que lo introducía rápidamente en el pecho de Orozco y con esa misma velocidad lo sacaba. ¡Te dije que tarde o temprano te iba a cobrar las cuentas pendientes!, fue lo último que se alcanzó a escuchar.

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