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sábado, 17 de diciembre de 2011

Pecados culinarios


Todos los días durante la mañana, a medio día, en las tardes y sobre todo en las noches cuando ya todos dormían ella lo intentaba una y otra vez y nada. Las herramientas que utilizaba eran de todos los tamaños colores y texturas y tampoco funcionaban. Buscaba consuelo  con los chicos de todos los barrios y colonias cercanas, incluso algunas ocasiones  cruzó fronteras y lo intentaba con los turistas que venían al embarcadero o al bosque a pasear en caballo y ni así lo lograba. Estaba desesperada, ya no sabía qué hacer.
Por un momento creyó que tal vez a sus 38 años se había dado cuenta que en realidad ya no le gustaban los hombres o cuál sería la razón por la que ya no encontraba placer en ellos.
Llevaba casi 5 años sin haber disfrutado realmente del sexo con alguien, ni su mano le daba el placer que le otorgaba a sus 30 años cuando no quería saber más del sexo opuesto. Sus juguetes que la sacaban de los apuros cuando veía las películas de Tabú que tanto le gustaban ya no le bastaban para obtener el éxtasis que la relajaba.
Hasta que un día, un amigo le hizo una llamada casi de madrugada.  —Petra, ¿por qué no te vienes para la milpa alta?, vienen unos amigos de Argentina y quiero que te conozcan, nos echamos unos curaditos y comemos rico en la casa—, Petra que no tenía más planes para ese día accedió y se fue a los altos del sur de la ciudad. A ella en realidad nunca se le había antojado probar el pulque, le habían dicho que se sentía muy baboso y que además era muy apestoso  pero al no ver más que eso le dio el primer trago a su curado de jitomate. —¡Mmmmmhhhh!, ¡delicioso! —, comenzó a sentir un hormigueo que le recorría todo el cuerpo pero que iniciaba debajo de su vientre, ella creyó que era porque ya le había pegado el pulque. Cuando Silver le sirvió la carne asada con nopales, cebollitas cambray y longaniza deleitó la comida como si nunca la hubiera probado, como si fuera un manjar prohibido y que estaba a punto de disfrutar. Dio el primer bocado y sintió como el sabor le recorría todo el cuerpo, cada una de sus extremidades hasta llegar a su sexo, sólo apretó las piernas y volvió a sentir nuevamente el placer tanto añorado. Se humedeció por primera vez en muchos años. Creyó que era el efecto del pulque.
Al día siguiente fue la fiesta de su pueblo, Santa Natividad. Fue invitada a comer a la casa del Mayordomo. Las mesas principales ya estaban ocupadas, sólo quedaba una libre y que era la que estaba cerca de donde habían armado el castillo. Estaba retirada de la gente, ella lo prefirió así y se sentó sola. Minutos después llegó un vecino y se sentó en la misma mesa, era el “Momo”, con él jugaba futbol cuando eran niños y siempre lo había despreciado. El menú era mole rojo con carne de pollo acompañado con arroz y de beber agua de Jamaica y tequila pal desempance. Dio el primer bocado. Se saboreó el mole que le había quedado en los labios, cerró los ojos al mismo tiempo y de nueva cuenta sintió la humedad entre sus piernas, se estremeció. El “Momo” que no había desviado su mirada ni un momento sobre ella se dio cuenta de los gestos de placer que su bella vecina hacía al probar cada cucharada de la comida y él sintió el calor que le recorría todo el cuerpo. Ella se retiró el guarache que llevaba puesto y comenzó a acariciar la pierna de su vecino con su pie delgado y pequeño. Sin pensarlo se metió debajo de la mesa y jaló hacia ella al “Momo” que ya no era tan despreciado en ese momento. Sólo se levantó la falda larga de Michoacán y se empinó, él buen muchacho sólo obedeció a sus instintos animales, al ver a la hembra en posición idónea. Después del acto, Petra se salió de la mayordomía y se fue a su casa. En su recamara a solas, ella se preguntaba una y otra vez si acaso de tanto ver la película “Como agua para chocolate” se le había cumplido su deseo de sentir pasión con la comida. —Tendré que conseguir pétalos de rosas rojas y codorniz para guisar un buen platillo— pensaba en la película, por supuesto que sólo se reía de su experiencia, pero qué importaba que hubiera sido debajo de la mesa y con el “Momo” si después de todo no estaba tan feo y además había regresado el placer a su vida.
Lo realmente preocupante comenzó cuando no sólo era con el pulque, la longaniza o el mole, sino hasta con los tamales que vendía la señora Gudelia en la Juárez y además tenía que llevar en su morral una buena porción de comida a sus encuentros amorosos y sexosos, para así poder disfrutar de la pasión que los hombres no eran capaces de ofrecerle por ellos mismos. Cuando comenzaban con el ritual del besito en el cuello, las caricias suaves ella tenía que decir: —permíteme un momento— sacaba su itacate y degustaba del mole verde o de las tapas españolas o una pasta italiana y según fuera el platillo era la bebida que lo acompañaba, podía ser un pulque de la Huichapan, pasando por un tequila o vodka hasta vino tinto, según el manjar que ella llevaba a ese encuentro.
Los hombres no entendían por qué hacía eso pero no les importaba ya que Petra era otra mujer completamente desinhibida, se dejaba hacer lo que ellos quisieran y por supuesto les hacía hasta lo que ellos nunca se habían imaginado. Tenía no un orgasmo, tenía hasta 10 orgasmos seguidos, siempre y cuando no le hiciera falta su ración culinaria.
Un buen día conoció a Mären, ella estaba comprando discos en Mixup de Coapa y lo vio ahí, parado frente a la sección de Jazz, todo se le removió, fue amor a primera vista. No fue difícil que él volteara a verla, porque ella utilizó todas las estrategias para que se fijara en su presencia. Ese mismo día fueron a tomar unas cervezas al centro de Tlalpan, se la pasaron muy bien, se rieron, bromearon, parecía como si se conocieran de hace mucho tiempo. Se miraron fijamente a los ojos y supieron que no podían esperar más, se levantaron y él sólo le preguntó: —¿a dónde vamos?— ella respondió —a donde tú quieras—.
Llegaron al lugar donde todos los amantes ocultos hacen su guarida. Se besaron apasionadamente, con muchas ganas, muchos deseos, pero… Petra recordó que no llevaba comida alguna y no sabía qué hacer. Aquél hombre le gustaba demasiado para perder la oportunidad de tenerlo entre sus piernas. Se estreso y comenzaba a no disfrutar de ese encuentro. Él hacía lo suyo, la besaba, la acariciaba y lo único que podía hacer ella era hacer qué él disfrutara y así fue. Ella no tendría en esa ocasión el placer del encuentro y no sabía si volvería a verlo —¡maldita gula!—, no poder mojarse y excitarse sino no había comida en su boca. Se dejó llevar, él seguía en lo suyo, ella fingía y cada que podía sin que él se diera cuenta se ensalivaba los dedos y se los llevaba a su vagina para que no se percatara de la sequedad de sus labios.
Todo siguió su curso, buscaba en el cuarto aunque fuera un dulce pequeñito, un trago de vino o agua natural haber si eso le podía ayudar, aunque en esos momentos pensaba en un mole negro o tal vez unas enchiladas verdes. Se dio por vencida. No iba a poder. Se levantó y ella comenzó a besarle los pies, las pantorrillas, las piernas, las nalgas, las axilas, los rincones que jamás le habían besado. Bebió de su sudor y eso la activó. Su sudor no era salado, sabía a él, tenía un sabor dulce, tampoco sabía a loción, lo limpió y  enjugó con su lengua. Sólo sentía cómo se le enchinaba la piel y se mojaba. Se volteó y le pidió que se lo metiera por donde nunca nadie había estado, por donde nunca nadie había penetrado, él obedeció. Se escuchó un aullido muy fuerte y desgarrador, pero no, no fue así, ella lo disfrutó plenamente. Desde ese día ya tenía dos formas de disfrutar del sexo y su único pecado era el Pecado Culinario.

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